298.-El tercer grado de humildad

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El tercer grado de humildades que el monje se someta al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor de quien dice el Apóstol, “Se hizo obediente hasta  la muerte”. (7,34)

En los dos grados anteriores  ha puesto S. Benito un sólido cimiento, para seguir edificando sobre ellos los sucesivos grados.  Al profundizar  el misterio de Dios en nosotros en el primer grado y saber que la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, segundo grado. Si Dios está con nosotros ya tenemos cuanto necesitamos. Si la voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, no puede suceder nada que en última instancia no redunde en nuestro bien.
Pero la espiritualidad benedictina no permite fantasías. Benito afirma que el tercer peldaño en la escala de  la humildad es la capacidad de someternos a la sabiduría ajena, para conocer esa voluntad de Dios. No tenemos monopolizada por nosotros la última palabra, la respuesta final, la visión más clara respecto de nada en concreto.
Tenemos, si,  una palabra entre muchas para contribuir al mosaico de la vida, una visión entre múltiples perspectivas. La obediencia al superior realizada por amor a Dios, marca nuestra relación con los hombres. No podemos llegar a Dios pasando por alto al ser humano.
 Necesitamos la relación con el otro, necesitamos la apertura a aquello que el otro nos quiera decir. Debemos escuchar con atención qué es lo que Dios nos dice a través del otro, en particular a través del superior. Si sólo nos escuchamos a nosotros mismos, podemos auto engañarnos. Corremos peligro de hacer pasar nuestros pensamientos  superficiales  como voluntad de Dios. Como seres humanos estamos referidos unos a otros. Dios nos habla a través de nuestros semejantes, y más en concreto, a través del superior, la palabra de Dios se cruza en nuestro camino y nos prohíbe identificar nuestros  propios pensamientos con los de Dios.
 La obediencia presupone libertad y a la vez genera libertad que necesitamos para poder encontrar realmente a Dios.
Benito muestra cómo la obediencia tiene que ver con la plenitud de Dios. Por este motivo nos presenta a Cristo obediente hasta la muerte. Jesús siguió en forma tan clara  la voz interior que hablaba en su interior, que no permitió que los hombres, ni con halagos ni con rechazo, le impidieran hacerlo.
La obediencia implica esa claridad interior, la apertura a la voz de Dios que nos llama a realizar nuestra verdadera imagen y nuestro destino más profundo.  Por eso también aquí habla Benito de la imitación de Cristo, del seguimiento  de Cristo que se expresa en esta obediencia.
Todos necesitamos un mentor que nos guíe de la oscuridad a la luz, de lo extraño a lo familiar, de lo difícil a lo experimentado. Pero puede darse el caso  que llegue un momento  difícil que nos encontremos solos privados  de consejo. Nosotros mismos tenemos que ser nuestro último recurso. Así llegamos al punto de la adultez espiritual.
Siempre que alguno no logra crecer espiritualmente, el mundo entero es un lugar más triste. El crecimiento depende de lo que se aprende de los demás. Aprender de los demás depende de la humildad, de estar dispuesto a aceptar a los demás. No hay que confundir bondad espiritual con inmadurez.
El tercer grado de humildad puede salvarnos de nuestro terco yo, urgiéndonos  a aceptar una dirección.

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