297.-Configuración con Cristo.

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 Y también dice la escritura,” la voluntad lleva consigo castigo, y la sumisión (la obligación, la necesidad) reporta una corona”. (7,33)
Con estas palabras termina Benito la descripción del segundo grado de humildad.
En realidad este pasaje no se encuentra en la escritura, sino en las actas de los mártires de Sta. Irene. Benito lo utiliza con la autoridad, atribuyéndola a la Escritura.
Esta frase se podría considerarse como una  confirmación de la psicología freudiana. Según ella la mera satisfacción de las necesidades hace inmaduro al ser humano y lo coloca  en numerosas  dificultades. Maduro solo  lo hace la sumisión, la adaptación  a la realidad (necesitas)  que se  alcanza solamente mediante la renuncia al instinto.
El camino  que lleva de las propias necesidades  a la realidad que  rodea al hombre, es decisivo para el desarrollo  humano. El mismo me pone en contacto con mi más honda realidad propia.
A partir de este segundo grado, Benito pone explícitamente  delante del monje a Cristo humilde y obediente hasta la muerte.
Hay que considerar las referencias bíblicas fundamentales, pues contienen  los motivos decisivos del seguimiento de Cristo y de la propia configuración del monje con su Señor y Amigo.
El texto  juanico ya comentado ayer: “No he venido a hacer mi voluntad, sino la del Padre que me envió”, hay que completarlo con  la cita del himno cristológico de la carta a los filipenses: ”Se hizo obediente hasta la muerte”. Esto lo explayará en el 4º grado.
Nos encontramos  en el núcleo esencial del cristianismo: la configuración con el anonadamiento  y exaltación de  Jesús.
Ni esfuerzo ascético, ni observancia monástica, ni las virtudes morales tendrían  un valor específicamente cristiano si les falta la configuración con  Jesús. Sólo esta configuración da a toda la vida del monje un contenido salvífico, místico, de comunión, por amor en el sufrimiento y en la glorificación de Jesús en su misterio pascual. Es el único camino hacia la plenitud del amor y hacia la alegría perfecta.
Aquí radica precisamente la debilidad y la fortaleza del programa de S. Benito. Debilidad avocada al fracaso. Mientras los hombres tienden a la seguridad, Benito les empuja hacia la locura de la cruz, más allá de la razón y de las medidas puramente humanas. Si el monje no encuentra un gesto interior que le despoje  de sí mismo para abrirse a Jesucristo, puede malgastar año tras año toda su vida encallado en la mediocridad, en una vida más o menos observante, pero falta de empuje, ilusión, alegría. Sin la configuración con Cristo la vida del monje es pura ilusión, puro desatino. Esta es la debilidad, o mejor dicho el riesgo.
Pero aquí nos encontramos también con la fuerza. El que se  abre totalmente a Cristo, el que acepta la pobreza radical de no pertenecerse a sí mismo, por más débil que sea, por más pecador que sea, por más fracasado que esté, será llevado por el Espíritu Santo hasta la cima de la caridad. Esta es su fuerza cristiana y nadie queda excluido de ella.

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