293.- Bajo la mirada de Dios.

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– y absteniéndose en todo momento de pecados y vicios, esto es, en los pensamientos, en la lengua, en las manos, en los pies y en la voluntad propia y también en los deseos de la carne, tenga el hombre por cierto  que  Dios le está mirando  a todas horas (7,12-13)

En el primer grado se trata de la relación con Dios. Esta relación es el requisito indispensable para nuestra vida. No podemos alcanzarla integridad si todos nuestros pensamientos y sentimientos no están relacionados con Dios.
Benito en este primer paso hacia la cumbre, nos advierte que el olvido de Dios  puede marcar notablemente  nuestra vida. Este primer paso consiste en que temamos a Dios, que le tomemos en serio, que adquiramos un sentido para percibir su misterio y su grandeza.
Hemos de estar relacionados con Dios en todo. Dios nos mira no como un policía, sino como un padre amoroso que no nos pierde de vista. Vivimos bajo su mirada que se dirige con amor hacia nosotros,  pero que también nos pone al descubierto y nos obliga a la verdad interior.
 Dios conoce nuestros pensamientos y sentimientos, escruta nuestro corazón que simboliza la sede de nuestros pensamientos, como también los riñones, como sede de los sentimientos.
Relacionar los pensamientos y sentimientos con Dios  significa tener un trato atento con uno mismo, y con las mociones del propio corazón.
¿Qué quiere decirme Dios con  mis sentimientos? ¿Qué mociones se dan en mi interior? Benito considera que Dios  está presente en nuestros pensamientos. Por consiguiente, podemos encontrar a Dios prestando atención a los propios pensamientos y sentimientos. Todo lo que entra en movimiento en nuestro corazón tiene también algo que ver con Dios y  con nuestra relación con El. Si Dios conoce de lejos  nuestros pensamientos  y examina nuestro corazón y nuestros riñones, al prestar atención a nuestros pensamientos y sentimientos, el conocimiento sincero de nosotros mismos, nos puede conducir a Dios.
Dios se hace presente también en nuestra voluntad. La obstinada voluntad propia que se cierra ante Dios nos conduce por caminos erróneos, nos hace ciegos para la propia  realidad. Dios ve lo más hondo de nuestro corazón, reconoce en él nuestros anhelos, nuestros deseos y necedades, nuestros apetitos y nuestra voluntad.
Benito cita el salmo 38, v.10: todos mis anhelos están ante tus ojos. Conviene que tomemos conciencia de nuestros anhelos y los dirijamos  hacia Dios y se los expongamos abiertamente, que los consideremos hasta sus últimas consecuencias ya que por ellos llego a Dios. No se trata de reprimir las pasiones, sino en ponerlas en relación con  Dios. En El todo tiene permiso de existencia, todo adquiere su correcta medida

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