291.-Los peldaños.

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 En los cuales (largueros) la vocación divina  ha hecho encajar  los diversos peldaños de la humildad  y de la observancia  para subir por ellos. (7,9b)

San Benito tan prudente en todas sus disposiciones, se da cuenta que  el monje no puede subir de un golpe a la cima de la virtud por el hecho de haber ingresado en el monasterio. Las virtudes se adquieren gradualmente. Es preciso subir paso a paso y por grados.
Es necesario además que estos grados sean apropiados  a  la vida y circunstancias que le rodean. Los actos de virtud de un monje no son los de un cristiano en el siglo, ni tampoco los de un religioso de vida apostólica. Y también los grados tienen que responder a las necesidades del momento.
Donde el enemigo nos ataca más, donde tenemos mayores dificultades es donde hemos de  dirigir la vigilancia.
Es preciso también que los grados que hemos de subir sean proporcionados a las fuerzas de cada uno. Se puede sucumbir agobiado si nos proponemos un trabajo superior a nuestra capacidad. Se pueden tener grandes deseos de llegar a no negar nada de cuanto el Señor pida, y hemos de poner en ello toda nuestra buena voluntad, pero hay que tener en cuenta la propia debilidad para no querer alcanzar todo a la vez. Atender a lo que se puede hacer cada día sin agobiarse por el mañana, es el mejor modo de llegar a la meta.
S. Benito en este capítulo nos propone doce escalones para llegar a ese encuentro con Dios, de tal manera  que no nos dejemos a desanimar por la debilidad de nuestra naturaleza.
Estos doce grados bien enfocados y asimilados, son la ruta que nos permitirá llegar a la cumbre.
Antes de describir estos grados, en este párrafo, asegura que caminado por esta senda, se sigue la voluntad divina. Es una llamada del Espíritu Santo para la trasformación del alma.
Cada alma tiene unas exigencias concretas de la gracia, es la vocación divina de cada uno. Los doce escalones son para todos los monjes, pero no todos los suben con la misma rapidez, ni todos tendrán que practicarlos en el mismo grado. No todos tendrán las mismas ocasión de practicar la virtud, ni encontrarán los mismos combates.
 Es Dios con su providencia la que dirige a cada alma, y le pone más o menos intensa la prueba. Así lo vemos en las vidas de los santos. Mientras unos son venerados ya en vida como santos, otros son calumniados y condenados.
Subiendo la escala que nos propone S. Benito, no olvidemos que la ascensión será más o menos rápida  cuanto más fieles seamos en seguir las mociones de la gracia. Dios nos llevará a la cumbre más alta, si no le rehusamos nada de lo que nos pide. ¡Que maravillas haría el Espíritu Santo en nosotros, si le dejásemos actuar libremente!
El llamamiento de Dios no es sólo una luz que nos indica lo que debemos hacer, sino también una fuerza que nos ayuda a cumplir el deber. Si para todas las cosas necesitamos el auxilio de la gracia, con mayo razón   es absolutamente necesario este auxilio para  este camino de santidad que siguiendo el evangelio, nos marca S. Benito. No podríamos  con nuestras solas fuerzas adquirir una virtud que ataca las mismas raíces del amor propio.
Nuestra trasformación en Cristo es un don de Dios pero a la vez es también parte nuestra, en el sentido de dejarnos modelar por El.
Sobre todo necesitamos pedir esta gracia con perseverancia pues es una labor de toda la vida. Con sinceridad, sin negarnos a ningún sacrificio que sea necesario para alcanzarla.

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