285.-Peligro del orgullo.

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 El profeta nos indica que él la evitaba cuando dice: Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros, no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Pero ¿qué pasa si no he sentido humildemente de mi mismo? Si se ha ensoberbecido mi alma,  tratarás a mi alma como al niño recién destetado que está penando en los brazos de su madre. (7,3-4)

El Profeta  indica que evita todo género de soberbia, la de los ojos, la exterior; la del corazón,  al interior. Porque de lo contrario se pierde la inocencia  del niño y se sufre la pena del recién destetado  en brazos de su madre.
La comparación es del salmo, pero ¡qué carga de ternura  no se adivina en esta cita!. El soberbio, el que cree no necesitar de la fuerza que le viene de Dios, se merece que Dios se comporte  con él como la madre que desteta  al hijo, privándole de la sustancia que hasta entonces  ha alimentado su vida.
El humilde en cambio  goza y se nutre del alimento espiritual que brota del mismo corazón  de Dios.
Nos  avisa S. Benito que debemos desconfiar  y estar atentos para no dejarnos llevar  del orgullo. El orgullo es nuestro mortal enemigo y el gran obstáculo que nos separa de Dios. Este vicio se desliza por todas partes, aún en nuestras mejores acciones. ¿No recordáis las durísimas palabra del actual Papa en el vía crucis del Viernes Santo  en Roma, antes de ser elegido papa?
Este vicio se desliza por todas partes, aún en nuestras mejores acciones, en nuestros ejercicios de piedad, puede encontrarse hasta en la aceptación y búsqueda  de las humillaciones. Se apodera no solamente  de los indiferentes y principiantes, sino que acecha a los mismos santos impulsándoles a apropiarse del bien que  Dios obra en ellos y por ellos.
                 Para entrar en nosotros encuentra una puerta en todos nuestros sentidos y facultades, en todos nuestros actos. No cesará de combatirnos durante toda nuestra vida, y sólo la muerte o una gracia espiritual muy grande equivalente a la muerte del yo, será capaz de hacerlo desaparecer. Por ello tenemos que estar en guardia contra él.
Sin vigilancia continua y activa, ayudada de una oración perseverante, no se tarda en ser víctimas del amor propio.
Faltas de caridad y comprensión con los hermanos, no sólo son  una falta de caridad, sino que están indicando un espíritu lleno de orgullo, ya que se permite juzgar como si tuviese suficientes elementos de juicio y autoridad para hacerlo. Murmuración y crítica no son sólo la falta de confianza en la providencia, sino que están indicando que tal persona se cree  más competente. Su orgullo no le permite ver el mal que está haciendo a la vida comunitaria. Si S. Benito es duro contra esta manifestación de orgullo que supone la murmuración, no lo es menos almas que han recibido especiales luces interiores, como una Sta.  Teresa de Jesús que manda desterrar a un lejano monasterio a la monja que tuviese este mal, y si esto no fuese  posible, que viva encerrada sin ningún contacto con las otras hermanas.

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