279.-Sentido de la humildad.

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Al leer el cap. VII sobre la humildad hay que tener en cuenta la tradición de los Padres de la Iglesia. La interpretación de los Padres sobre la humildad nos preserva  de ver  la humildad como una degradación del hombre  que lo hace pequeño y despreciable. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta sus enseñanzas  se impedirá  que la clasifiquemos como una virtud ética.  La humildad es esencialmente para la Iglesia antigua,  una actitud religiosa, en la que el cristiano imita a Cristo y se hace así semejante a Cristo.
A la vez  la humildad es considerada como el requisito  de la contemplación.
S. Benito  ve el ejercicio de la humildad como una “imitatio Christi”, una imitación de Cristo, como un crecer en progresiva unión y  semejanza con Cristo. Al mismo tiempo ve la humildad como ejercitación del amor perfecto, por el que se llega a la unión con Dios en la contemplación.
Este amor prefecto se caracteriza por el amor a Cristo, por el gozo en la práctica de las virtudes:”delectatio virtutum”, entendiéndose  aquí no en un sentido  moral, sino como una fuerza que tiene el hombre pero regalada por Dios. Y como consecuencia, la humildad lleva al hombre al gozo de su vida configurada por el espíritu de Dios.
La meta  del camino de la humildad no es por tanto la “humiliatio”, la humillación del hombre, sino la exaltación. Su trasformación por el espíritu de Dios que le impregna totalmente, y le permite gozar de esta nueva calidad en su vida.
En ningún  otro capitulo de la RB se cita tantas veces  la Escritura como en este sobre la humildad. Comienza su enseñanza espiritual, que ha de llevar al amor, a través de la humildad, con las palabras de Jesús; “La Sda. Escritura, hermanos, nos dice a gritos: todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.”(7,1)
Por consiguiente la intención de Benito en este capitulo es cumplir la palabra de Jesús y crecer  en su semejanza.
 No hay que ver en este capítulo el discurso de la humillación de sí mismo en sentido moralizante, como si debiéramos achicarnos y pensar en pequeño sobre nosotros. Hay que entenderlo más bien es sentido psicológico. El que se identifica con grandes ideales, se verá inevitablemente confrontado con sus lados oscuros. Se verá  obligado a encarar su humanidad, su “humus” y con frecuencia caerá de bruces porque se ha encaramado muy arriba. Pero el que desciende  a su propia realidad a los abismos de su inconsciente, a la oscuridad de sus sombras, a la impotencia de su propia expiación, el que toma contacto con su humanidad y su condición terrena, asciende hacia Dios.
Ascender  a Dios es la meta de todo camino espiritual. La paradoja de una espiritualidad que parte de abajo, tal como lo describe RB en este capítulo, consiste en que  ascendemos hacia Dios precisamente a través del descenso a nuestra realidad humana.
El fariseo que deposita toda su confianza en sí mismo, en sus logros morales, desprecia a los hombres que no pueden alcanzar tan altos logros. Se coloca por encima de ellos, y como consecuencia será humillado por Dios, confrontado por Dios por sus lados sombríos.
El publicando que deposita toda su confianza en Dios, pues se reconoce a sí mismo en su  humildad, se entrega a la misericordia de Dios y por ello será erguido y exaltado por Dios.
De este modo en este capitulo quiere S. Benito introducirnos en la esencia del mensaje de Jesús, desenmascara la hinchazón de los fariseos  y promete a los publícanos y pecadores la misericordia y salvación de Dios.
Por la humildad el hombre asciende a la contemplación, a la visión de Dios. Desde Clemente de Alejandría, el ascenso ha gozado de gran aprecio. Para Clemente, el hombre se encuentra de camino hacia Dios, ya que asciende por este camino  al conocimiento de Dios.
Orígenes describe el ascenso del alma hacia Dios con la imagen  de la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto.
S. Gregorio de Nisa interpreta nuestro ascenso como una escalera que lleva de un anhelo a otro cada vez más profundo.
En la RB el ascenso pasa por el descenso. Debe descender a su propia realidad, a las condiciones terrenas, para poder ascender hacia Dios. En la medida  que se desciende, se abre el cielo  y la cercanía de Dios se hace manifiesta  por la presencia de los ángeles.

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