477. –El Buen Celo.

publicado en: Capítulo LXXII | 0

 Así como hay un celo de amargura, malo, que separa de Dios y conduce al infierno, existe también un celo bueno que aparta de los vicios y conduce a Dios y a la vida eterna. Ejerciten pues los monjes este celo con el amor más ardiente. 72,1‑3.

Este capítulo completa y resume la enseñanza de los cuatro precedentes. Podía incluso considerarse como la síntesis de la Regla entera. S. Benito condesa toda la ciencia de la perfección monástica en unas sentencias pocas y densas que poseen el brillo y la solidez del diamante.
Aunque los elementos doctrinales y las mismas fórmulas son ya conocidas, su selección y agrupamiento les confiere aquí un valor nuevo.
Podemos considerar con toda justicia a este capítulo como un testamento de S. Benito. Realmente tiene la concisión y rigor que corresponde al testamento de un hombre de Dios
Además aquí las relaciones interpersonales tienen un mayor relieve, que es el rasgo común a estos capítulos adicionales, observamos que los mismos conceptos que ya habíamos encontrado en la primera redacción de la Regla, se presentan aquí con más plenitud y sin referencia a prescripciones concretas. Este capítulo nos da la perspectiva con la que tenemos que leer la Regla. Es el fruto del hombre maduro en años y en fidelidad que se orienta decisivamente hacia lo esencial. No se detiene ya en detalles porque ha comprendido que lo más importante es el fuego interior que domina todas las extensiones de la vida y no las normas ascéticas, útiles sin duda, incluso necesarias, pero que si les falta el fuego interior pueden convertirse en una trampa para los que tienen miedo a darse por entero.
Es una idea antigua y muy familiar a San Benito que toda vida humana se puede polarizar en dos direcciones, en dos caminos. El camino del mal, la separación de Dios, el infierno, y el camino del bien de separación de los vicios y de la unión con Dios, de la vida eterna.
S. Benito nos presenta dos celos, del mismo modo que S. Agustín habla de dos amores.
Celo es un ardor secreto, el fervor del alma, su calor. En la Sagrada Escritura y en los Padres designa de ordinario una perversa tendencia del alma. Este celo malo conduce directamente a la muerte, dice Clemente de Roma. Pero existe también un celo bueno, un santo ardor, el celo de Dios que ha mencionado ya S. Benito de pasada en el capitulo 64. Posteriormente nos indica como se ejerce. Aquí sólo indica el fruto en las almas: separa de los vicios y que conduce a Dios.
Es en nuestro interior, en nuestra alma donde S. Benito tiene puesta su mirada y allí es donde quiere provocar un movimiento decisivo. El único problema es saber en realidad lo que llevamos en el corazón.
Quizás si miramos con sinceridad podríamos reconocer que “me amo mucho a mi mismo, en mí apenas ha más que “yo” y “para mí”, siento un gran ardor de afirmación personal, ¿pertenezco por entero a mi proyecto, a mis ilusiones? Y como no estoy solo, sino que a mí alrededor se mueven otros “yoes” que me limitan y pretenden reducirme, mi celo se convierte con frecuencia en un ardor de impaciencia, de cólera, de rebelión. Celo de amargura, malo.
Dejemos que el espíritu de Dios encienda en nosotros la llama del buen celo, que se llama caridad. “Ama y haz lo que quieras”
Quien ama a Dios lleva dentro de sí  la Regla Y cuando hay un fervor de fe, de ternura en nuestras obras, todo sale a pedir de boca. Este es el celo que deben ejercitar los monjes con el amor más ardiente.
S. Benito, o nuestros Padres de Cister ¿Cómo nos verían a nosotros a través de este capítulo? A pesar de las grandes diferencias sociales, políticas, espirituales y psicológicas entre los siglos XII y XXI, que hacen la comparación casi imposible, hay un punto que es muy claro: la importancia del amor y de la caridad.
La carta de la Orden es “La Carta de Caridad”, todos los autores cistercienses de la primera época tienen un tratado sobre el amor. Nuestra vida fue designada como una ‘Escuela de Amor”. Sabían que Dios es amor y habían meditado las palabras de S. Pablo: “Aunque conociera todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy una campana que suena” No olvidaron que el cumplimiento de la ley es el amor, y tuvieron muy presente que el objetivo de la Regla de S. Benito es conducirnos a través de la humildad, a aquel perfecto amor que desecha todo temor.
Se ha pasado en estos últimos decenios, de una actitud ascética expresada en una observancia personal de las observancias, a una actitud ascética consistente en expresar un esfuerzo a una auténtica caridad fraterna.
En el Cap. General de 1974, en su orientación pastoral sobre la unidad en nuestras comunidades, decía que el rasgo principal de este cambio será la apertura a los hermanos, en un espíritu de obediencia, diálogo, escucha y amistad.
Con este llamamiento se hacia eco de las palabras dirigidas por Pablo VI. en su carta del 8 de diciembre de 1968: “De todo lo dicho se deduce que tanto vale vuestro vida cuanto el quehacer dinámico de la caridad responda a la acción interior del Espíritu Santo, por quien somos conducidos al Padre. Por tanto es evidente, más aún, es necesario que vuestra renovación debe ser ante todo espiritual y debe tener como primicias una más estrecha unión con Cristo, en la fuerza de aquel secreto e inefable amor con que nos persigue. Y más que a novedades, aspirar a una lealtad y verdadera renovación que consiste en esto: en que la caridad se acreciente y llegue a la perfección en vosotros, inspire interiormente y fecunde vuestra observancia.
Al reflexionar sobre este capitulo 72, podemos preguntarnos si los cambios introducidos en nuestra vida monástica han producido un crecimiento en el amor, amor a Dios y amor de unos para con otros.
Corresponde a cada uno mirar en el propio corazón sincera y francamente. ¿Estoy íntimamente convencido de que Dios es amor? ¿Veo todos los elementos de mi vida monástica como medios para expresar mi amor? ¿Qué pienso de aquellos que Dios ha llamado a compartir la vida conmigo en esta comunidad? ¿Cómo me porto con ellos? ¿Amo a la Iglesia? ¿Soy capaz de compartir y orar por los que no tienen casa, por los hambrientos, por los que sufren, por los agonizantes?
Una comunidad no puede examinarse a sí misma sobre la caridad, sobre el buen celo, si todos los miembros no se han examinado a sí mismos individualmente
Este capítulo ofrece el punto de vista desde el que se debe leer toda la Regla. S. Benito después de vivir largo tiempo con sus monjes en una vida de oración y observancia, llego a la convicción de que la dimensión de la caridad, el fervor, es lo más importante para el monje. La caridad bajo todos los aspectos; pero en particular la caridad fraterna que hace hincapié en este capítulo.

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