473. ‑ Que nadie se atreva a defender a otro en el monasterio.

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Debe evitarse que por ningún motivo se tome un monje la libertad de defender a otro en el monasterio o de constituirse en su protector en cualquier sentido. 69, 1

Los capítulos 69 y 70 están íntimamente relacionados entre sí que forman un todo y tienen como finalidad afirmar el derecho abacial en materia de corrección, excluyendo por completo toda interferencia arbitraria de los hermanos. En el 69 se condena cualquier intervención de un monje en defensa de otro.
Dejando de lado este punto de vista de la autoridad, y mirando el asunto desde la base de las relaciones fraternas, el capítulo 69 pone a los monjes en guardia sobre las extralimitaciones nacidas de la simpatía.
Entre las probables influencias literarias de la tradición, destacan en lo referente al capítulo 69 los escritos pacomianos, aunque probablemente no los conoció S. Benito si no es a través de S. Jerónimo. No obstante podemos afirmar que no fueron los libros, sino la vida la que inspiró a S. Benito la redacción de este capítulo.
La manera de expresarse da a entender que se trata de un hecho muy real y reciente que le determinó el incluir este capítulo en su Regla.
Es notable que en tan breve capítulo aparezca hasta tres veces el verbo “presumere”, atreverse, que denota siempre la usurpación de un poder ajeno.
La regla utiliza la expresión “atreverse” unas 30 veces. Es un término monástico muy antiguo. El monje que ha renunciado al mundo y a sí mismo, no tiene ningún derecho. Todo lo que haga sin autorización o en contra del abad, es atrevimiento, es arrogarse un derecho al que se ha renunciado voluntariamente. Según el abad Agatón, el atrevimiento se puede comparar con un viento ardiente que por donde pasa quema y arrasa el fruto de los árboles. ¿Tan malo es el atrevimiento? Pregunta el abad Macario. Y contesta Agatón:”No hay pasión mayor que el atrevimiento, porque es madre de todas las pasiones”.
Es evidente que unas formas de simpatía que obstaculicen el ejercicio de la corrección, tan necearía para la conservación de la paz y para el progreso de la vida comunitaria, pueden tener consecuencias funestas para todos.
Cuando estas formas de protección no son esporádicas, sino que se dejan cristalizar en grupos estables y excluyentes, las consecuencias pueden ser desastrosas. Estas personas vinculadas entre sí de un modo apasionado, no según Dios, fácilmente se convierten en grupos de presión que destruyen la unidad y son fuente permanente de enfrentamientos y malentendidos.
¿Se puede deducir de aquí que S. Benito era contrario a la amistad entre los monjes? En modo alguno. Imbuido en la doctrina y el ejemplo de los Padres del monacato, él mismo había experimentado, según narra S. Gregorio, la fecundad espiritual de las amistades profundas.
La amistad es uno de los valores más apetecibles de toda vida humana, y también en la vida cenobítica. Casiano dedica a este tema toda la Colación 16.
Creemos que la amistad, a diferencia de la caridad fraterna que es universal y no admite excepciones, es un don gratuito que no se puede imponer ni exigir. Para que sea auténtica tiene que fluir de la caridad divina, según la hermosa sentencia del Bto. Elredo de Rielvaulx:”La amistad es la expresión más sagrada de la caridad”.
La amistad auténtica no puede ser excluyente ni posesiva y está siempre abierta y disponible para todos. Es un don raro que florece en pocas ocasiones. No se improvisa, va creciendo a lo largo de la vida a base de compartir penas y alegrías. Es una ayuda inapreciable para caminar hacia Dios. Nos sustrae al aislamiento y da contenido a la soledad pues nos atrae hacia la amistad de Cristo.
En la amistad auténtica se puede experimentar aquello que dice S. Juan: “El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor”.
“Mantente alejado de tus enemigos, pero guárdate de tus amigos” escribió en el Eclesiástico Ben Sira. La Regla sabe que la falta de amista es mala para la apersona, y también para la comunidad. En una vida dedicada al crecimiento espiritual, no caben múltiples señores. Los amigos que nos protegen de nuestra necesidad de crecer, no son amigos en absolutos. Las personas que ceden a planteamientos personalistas, a nuestra necesidad de tener razón, a su necesidad de amparar, impiden que logremos una visión más amplia y nos traicionan.
Los defensores que ponen al grupo en peligro de dividirse en fracciones por tensiones personas, en lugar de permitir que los individuos se abran camino positivamente a través de los aspectos más duros de la vida, trastocan el espíritu y la paz de toda la comunidad.
Tenemos que apoyarnos mutuamente en las dificultades, como indica S. Benito en el capítulo 27, pero no tomar una dificultad personal en motivo de una guerra abierta.

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