472. –Obediencia dialogada.

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 Cuando a un hermano le mandan alguna vez obedecer en algo penoso para él o imposible, acoja la orden que le dan con toda docilidad y obediencia. Pero si ve que el peso de lo que le han impuesto excede totalmente a la media de sus fuerzas, exponga al superior con sumisión y oportunamente las razones de su imposibilidad. 68, 1‑3.

Mandar cosas penosas o imposibles ¿no es acaso contradecir a la discreción propia de la RB y de la promesa de S. Benito en el prólogo de no ordenar nada que rebase las fuerzas humanas? Bien mirado no hay contradicción.
Este capítulo mirado con detención, no ofrece dificultad alguna en su interpretación. Basta leerlo detenidamente para descubrir su profundo sentido espiritual y humano. Todas las palabras tienen su propio peso y significado y están en el lugar que les corresponde.
Tiene como cuatro partes. En primer lugar el monje recibe una orden difícil o imposible de cumplir con toda humildad y sumisión. No protesta ni se alborota. Simplemente acepta lo que le mandan.
En un segundo momento, después de sopesar la orden recibida, comprueba que excede a sus propias fuerzas y la regla le autoriza a someter al juicio del superior la razón de su dificultad con sumisión y con oportunidad, dos cualidades positivas. Oportunidad por lo que se refiere a saber esperar el momento adecuado. Cuando uno está tranquilo y nos consta que el superior lo está igualmente. Escogiendo el lugar favorable. No es cuestión de diplomacia o doblez, sino de prudencia y caridad.
Sin soberbia, resistencia o contradicción. (Tres notas negativas), todo lo que tenga apariencia de pasión o de oposición sistemática. Esta es la actitud propia de un monje humilde.
En un tercer lugar, y supuesto que el superior no cambie de opinión y mantenga lo ordenado, sepa el hermano que le conviene obedecer, es decir que se encuentra en este apuro para su propio bien, ya que tiene la oportunidad de demostrar a Dios no a los hombres, la sinceridad y vehemencia de su amor y toda la confianza que tiene en el auxilio de la gracia. Por eso termina diciendo que obedezca. Es la actitud de humildad que ya se había descrito en el cuarto grado de humildad.
Sin restar nada a la doctrina de la obediencia, el cap. 68 la ha humanizado, la ha puesto a nuestro alcance.
No se nombra a Cristo en todo este capítulo, pero como ya adelanté en la conferencia anterior, la obediencia perfecta que enseña S. Benito no pretende ser una proeza ascética. Toda su fuerza proviene del ejemplo de Cristo, de la unión con Cristo. Ünicamente el ejemplo de Cristo justifica este capítulo 68, ha escrito H.U von Balthasar.
Si el monje conforme a este capítulo de la Regla presenta al superior sin espíritu de contradicción, los motivos de la repugnancia a la
orden recibida no harán más que seguir el ejemplo de Cristo en Gethesemani y si a pesar de todo el abad mantiene su mandamiento, el hermano obediente seguirá a Cristo hasta la cruz.
En la práctica los “impossibilía” a los que se refiere S. Benito, según se desprende de la regla y de su vida no tienen que ver nada con los “impossibilia” de que habla Casiano. Expresiones idénticas pueden expresar realidades muy diferentes.
¿Lo quieres tu mi Dios y Señor? Pues yo también lo quiero. Desde este momento todo resulta sencillo, fácil. En el Señor ha puesto su esperanza y confía en su gracia. Esto es lo que nos pide S. Benito.
No la actitud del niño que obedece por temor a los azotes. No la disposición de quien se resigna al no vislumbrar otra salida, sino a una adhesión intelectual tranquila a una sumisión derivada de la ternura, un profundo acto de fe, esperanza y caridad.
Posiblemente no se necesita un milagro para llegar a un resultado positivo, ya que las supuestas imposibilidades están frecuentemente hechas de falta de magnanimidad. A menudo olvidamos de que para que algo se haga hay que hacerlo.

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