464.‑Observancia de la Regla.

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 Y por encima de todo, guarde esta Regla en todos sus puntos, para que después de haber llevado bien su administración, pueda escuchar al Señor lo mismo que al siervo fiel, por haber suministrado a sus horas el trigo para sus compañeros de servicio.‑ “Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes. ” 64,20‑22

Una última y grave recomendación le es dirigida al abad al final de éste directorio, para que observe la Regla en todos sus puntos.
A lo largo de este capítulo apenas se ha hablado de otra cosa que de misericordia, de discreción, de adaptación a las necesidades de cada uno. A fin de evitar malos entendidos, S. Benito le recuerda que no le está permitido modificar la Regla, mitigarla o agravarla, sustituirla por sus propias ideas de un día para otro.
De hecho, la voluntad del abad ha sido más de una vez en tiempos de S. Benito, y actualmente también en el monacato copto, la única norma del monasterio. Pero los cenobitas de S. Benito necesitan una Regla escrita, estable y precisa dentro de su actitud.
Esta Regla se le confía al abad, y S. Benito le exige observarla en todos sus puntos, espíritu y letra. Que la haga observar y por supuesto que la observe él también personalmente.
Así como en el primer directorio terminaba recordando el juicio de Dios y corrección de las propias faltas, en este segundo es sustituido este final por una nota de gozosa esperanza. Para levantar el ánimo del abad, le recuerda S. Benito el premio que está preparado al criado fiel, cuando vuelva el Señor:”Os aseguro que le con fiará la administración de todos sus bienes.
Ni el abad puede pasar sin la Regla que es para el a la vez luz y freno, ni la Regla es suficiente sin el abad, dado su carácter abstracto y genérico. Entre ambos debe existir una estrecha unión. Esto nos explica la situación difícil que se crea entre un monje y su abad en el momento en que el monje comienza a transgredir la regla. Así por idénticos motivos se aleja a la vez de Dios, de la Regla y de su abad. Y permaneciendo fiel a alguno de estos elementos, se consigue ser fiel a los otros y se es feliz.
Las últimas palabras de este capítulo, que son como un estímulo para el abad, le recuerdan por última vez que él es el siervo de los siervos, sus compañeros de servicio.
Se ha escrito de este segundo directorio del abad, que presenta una singular homogeneidad de pensamiento. Todo él está inspirando por una única visión: la del pastor ideal, la del servidor humilde manso y paciente que es Cristo. Espíritu de servicio, amor a los hermanos, prudencia que teme cualquier exceso de dureza en la corrección o en los mandatos. Mansedumbre, paz. ¿Quién no intuye que todas estas virtudes son aspectos de una y única actitud fundamental? El Siervo de Isaías, el Cristo de S. Mateo, el Pastor de S. Pablo, en Anciano misericordioso y discreto de Casiano. Todas estas figuras ideales del jefe cristiano, se funden en una imagen del abad que resulta profundamente simple.
Tal es el admirable retrato del abad que traza S. Benito en este capítulo 64. Difiere en bastantes puntos no sólo del que nos ofrece la RM sino también del que refleja el capítulo 2 de la R.B. ¿Se corrigió a sí mismo S Benito en una edad avanzada a la luz de su experiencia? ¿Pertenece el capitulo 2 a una mano diferente del que escribió el capítulo 64? Todas las hipótesis están permitidas. De todos modos en estos últimos capítulos de la Regla que son propios de S. Benito, y en los que su originalidad se va afirmando más y más, presenta al abad como hombre servicial y misericordioso, más que como Maestro duro, severo, tenso y desasosegado por el peso de una responsabilidad.

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