460.-Proceder del abad.-

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 Haga prevalecer siempre la misericordia sobre la justicia, para que a él le traten  de la misma manera.  Aborrezca los vicios, pero ame a los hermanos, incluso cuando tenga que corregir algo, proceda con prudencia, No sea extremoso en nada, no sea que por querer limpiar demasiado la herrumbre, rompa la vasija.64,10-13.

La introducción  y la conclusión no ofrece novedad, ya que los mismos temas se tocaron ya  con más detalle en el primer directorio, donde leemos que el abad debe reflexionar sobre  la carga que le ha sido confiada, acordándose sin cesar  de la cuenta que tiene que dar a Dios.
Esta insistencia en las mismas palabras, meminise,  scire, cogitare, es un llamamiento a la conciencia del superior que se concreta en una consigna de tipo general y de sabor agustiniano y con la que abre la puerta a todos los consejos posteriores: “debe más bien servir que señorear”.
De las cualidades positivas que han de adornar al abad, doctrina, interés, sobriedad, misericordia (9) sólo la última es objeto de comentario. Se le recomienda que prefiera la misericordia a la justicia, para obtener lo mismo para si (10). Es como una alusión a “bienaventurados los misericordiosos, porque  ellos alcanzaran misericordia, y “os van a juzgar  como juzguéis vosotros y la media que uséis la usarán con vosotros.
Luego con otra sentencia de influencia agustiniana  y en la misma línea de recomendación de misericordia, para que aborreciendo los vicios no deje de amar a los hermanos (11). Esto lleva a S. Benito a tratar  sobre el modo con el que debe aplicarse la corrección, uno de los temas capitales de todo el código monástico. “Nec quid nimis”, sin exceso, sentencia clásica, ya incorporada a la sabiduría popular, domina estos párrafos. Seguidamente recurre a la Escritura: “no se debe romper la caña cascada”. Traslada esta máxima del plano del simple sentido común  a la imitación de Jesús, el Siervo elegido.
Después hay un texto en el que aparece más claro el carácter de “retractación” que distinguimos en este capítulo 64 respecto al segundo. En el primer directorio se invitaba  al abad a extirpar de raíz las malas tendencias, los vicios, en cuanto aparezcan. Si los causantes son soberbios, duros, desobedientes declarados, no debe perderse tiempo en exhortaciones, sino apelar enseguida a los azotes y a otras penas  corporales (2,26-29). Aquí por el contrario, aunque se recomienda arrancar los vicios, el tono es enteramente diversos. Ha de extinguirlos con prudencia y caridad, según viere adecuado a cada uno. (14)
 En este contexto en el que se inculca tan intensamente la prudencia, la misericordia, el amor, la norma acaba por perder lo que  pudiera tener de excesiva dureza. El contraste entre ambos directorios resalta aquí de modo muy intenso.
Esta primera parte se cierra  con un nuevo aforismo:”Procure el abad ser más amado que temido” (15). Esta formula parece que procede de la Regla de S. Agustín, pero en realidad es una regla de sabiduría política, que no se encuentra sólo en S. Agustín, pues se encuentra en la vida de S. Honorato, y en otros textos cristianos y monásticos e incluso puede encontrarse en autores como Cicerón, Séneca, Homero, Jenofonte y otros. En esas pocas palabras tan sustanciosas de la RB convergen a la vez la sabiduría del desierto,  la sabiduría cristiana y la sabiduría clásica.
El “Procure ser más amado que temido” es una variante del “Servir más que enseñorear”. En ambas sentencias aparecen dos grupos de elementos. Autoridad, honor, temor por una parte y servicio, misericordia amor por otra. Lograr el equilibrio entre ellas será el ideal. Pero en la realidad, y la RB es realista, resulta imposible mantener constantemente a la par  ambos platillos de la balanza. Al de la autoridad y honor que la autoridad exige, debe aventajar  en peso a no dudarlo, del platillo de la comprensión y el amor.

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