266.-Silencio y dominio de los vicios.

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 Por lo tanto, dada la importancia que tiene la taciturnidad. (6,3)

El monacato antiguo veía el silencio en su parte positiva, como el medio de triunfar de los vicios.
Si nos observamos cuando estamos desocupados, sin estar  absorbidos por la lectura, el trabajo o cualquier otra actividad, ¿qué pensamientos emergen  en nuestra mente? Estos pensamientos que surgen sin control, nos indican el estado interior.
Los monjes aprovecharon  estos pensamientos para ver en qué medida tienen raíces algunos de los nueve vicios: gula, obscenidad, avaricia, tristeza, vanidad, desánimo (o acedia), ambición, envidia y orgullo. Vicios que parecen descritos desde Evaglio Póntico en los tratados monásticos.
Así podemos comprobar cuantas veces pensamos en la comunidad, o deseamos tener alguna cosa que nos aparece apetecibles. Hoy se considera moderno, sentirse frustrado y entregarse a los sentimientos  de frustración, de modo que cualquier  persona los puede ver reflejados en el rostro de quien los tiene.
Los monjes de la antigüedad dirían que esa persona  está dominada por la tristeza. En silencio podemos elaborar brillantes peroratas para demostrar a los demás que tenemos razón. Y en silencio disfrutamos de nuestro encono, y lo aumentamos con nuestras argumentaciones.
 Otros sienten lástima de sí mismos, pues en momentos de calma exterior se dice que  todo carece de finalidad, que nada tiene sentido, es el vicio de la acedia.
Otros  pensamientos giran en torno a uno mismo, a su grandeza. Externamente guardamos silencio, pero interiormente hablan los impulsos insatisfechos, las necesidades no atendidas, las emociones o estados de ánimo que no han  alcanzado el debido equilibrio, Hablan la vanidad y la ambición.
No obstante, lo que cuenta para los monjes en definitiva  es el silencio interior. Sólo  puede guardar silencio interior el que ha superado los nueve vicios. En consecuencia, el ejercicio del silencio incluye la lucha contra los vicios, contra el caos de las emociones incontroladas.
El silencio no es una renuncia pasiva a la palabra, sino  una actitud activa contra las emociones e impulsos agresivos  que percibimos en nosotros mismos.
Un apotema  de los padres, indica como con el silencio se puede superar el apetito de la avaricia. “Agatón cuanta de él  y del abad  Amón, que cuando vendían mercancías, decían el precio y aceptaban silenciosamente lo que les daban. De la misma  manera, cuando querían comprar algo, entregaban de la misma manera, sin protesta, lo que se les pedía y tomaban la mercancía sin pronunciar palabra “.
Los monjes no estaban libres de la afición de regatear cuando compraban, tan propia de los orientales. Pero precisamente porque conocian  esta estimulación interior se someten a la prohibición de hablar.
El silencio no suprime la avaricia, sino que la reprime impidiendo que aflore.  Luchaban en silencio contra la avaricia o cualquier otro vicio, para sí dominarlo.
El silencio es un recurso que ayuda a dominar las emociones. Del abad Moisés, un antiguo ladrón, al que los demás solían zaherir por el color oscuro de su piel, se cuenta: “En una ocasión de celebraba una asamblea en Sketis, y los Padres quisieron someterlo  a una prueba y le trataron como a un don nadie, y  decían ¿Por qué se pone en medio de nosotros este etiope? El lo oyó en silencio. Terminada la asamblea le dijeron Padre ¿no te has alterado? El contesto, sí me he alterado, pero supe contenerme y no hablar.” O sea estaba apunto de alterarse, pero como guardaba silencio, combatió  su agitación.
El silencio solo es fructífero cuando conduce al silencio interior. De lo contrario puede ser solamente una fachada. Así el silencio del orgulloso  que se considera  mejor que los demás.
En el silencio, tal como lo entienden los antiguos monjes, siempre hay una lucha interior, un enfrentamiento sincero con las propias actitudes viciadas. Es una lucha contra los vicios, pero también una victoria sobre ellos. Sólo el que ha superado sus actitudes viciadas internas, puede guardar silencio interiormente.
El silencio interior es el que buscaban los monjes y hoy día también es nuestra meta, pero el camino es largo, y no hay  quien alcance plenamente la meta en esta vida. El silencio es un problema moral, al que solo se puede alcanzar con una victoria  sobre  las actitudes viciadas, no a base de técnicas de meditación o de ejercicios de distensión.
Para Casiano que trasfirió la sabiduría de los monjes de Egipto a occidente, el estado de silencio puro es idéntico a la pureza de corazón. Y la premisa para ello es la humildad. No se pretenda alcanzar nada, ni estados de interiorización, ni la paz absoluta, si no se entrega plenamente a Dios.  La humildad  es una reacción ante la experiencia de Dios y  la debilidad e impotencia ante ese mismo Dios. En definitiva es una gracia que el ser humano no puede alcanzar con sus fuerzas, lo mismo que la paz en la que enmudecen la emociones e impulsos agresivos, solo puede ser donada por Dios. Esa paz es una meta a la que tendemos, pero que únicamente podemos experimentar como gracia de Dios.

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