262.-Silencio y disipación.

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 Enseña aquí el profeta, que si hay ocasiones  en las que hay que renunciar  a las conversaciones buenas, por exigirlo así la misma taciturnidad, cuanto más debemos abstenernos de las malas conversaciones por el castigo  que merece el pecado (6,2)

Los monjes utilizan el silencio como un medio  en su lucha por la pureza del corazón, sinceridad interior y rectitud.
Ante todo el silencio sirve para  evitar los numerosos pecados que cometemos a diario con la lengua, así lo dirá poco depuse S. Benito, citando el  libro de los Proverbios “el que mucho habla, mucho yerra” (6,4) Pero esta parece ser una fundamentación negativa. No hay ni rastro de elogio del silencio. Solo debe guardarse el silencio, porque  de lo contrario se incurre constantemente en pecado.
Con el silencio evito los pecados de la lengua. Los monjes han hecho experiencias  muy  negativas por el hecho de hablar. Tan pronto como se abre la boca, se corre  el peligro de pecar, según dice una de las sentencias de los padres.
En cierta ocasión el patriarca Siseos dijo lleno de confianza:”Hace ya treinta años que no hago oración por causa de un pecado. Por eso imploro: Señor Jesucristo, protégeme de mi lengua. Y a pesar de ello sigo cayendo y pecando cada día por su culpa”
Según las experiencias de los monjes, son cuatro principalmente los peligros  que conlleva el hablar. El primero  es la curiosidad. Un patriarca acostumbraba decir que el monje nunca debe querer saber cómo es  y como se comporta este  o el de más allá. Tales indagaciones lo único que hace es apartarle de la oración y  hacerle incurrir en la difamación y en habladurías. Por tanto es guardar silencio.
La curiosidad  genera dispersión. La persona dispersa se ocupa de todas las cosas imaginables. Por culpa de esta  dispersión está vacía y no puede  arraigar en ella el pensamiento dirigido a Dios. Y por supuesto tampoco puede madurar.
En un apotema se describe  este preligo de manera sumamente plástica. “Unos hermanos procedentes de Sketis, decidieron visitar  al patriarca Antonio. Para ello subieron en un barco, en el cual  encontraron  con un anciano que también se dirigía allí, pero que los hermanos no conocían. Mientras estaban  en el barco se entretenían comentando las sentencias de los monjes, sus actividades manuales y el contenido de las Escrituras. Pero el anciano  permanecía en silencio. Pero en cuento desembarcaron, se dieron cuenta que  el anciano también iba a ver al patriarca Antonio. Cuando estuvieron  ante él, Antonio les dijo. En este anciano habéis encontrado  a un buen  acompañante. Y luego dijo al anciano: tienes buena gente a tu lado. El anciano repuso: Ciertamente son buenas personas, pero su casa no tiene puerta y cualquiera  puede entrar en el establo y llevarse el burro. El anciano  lo dijo, porque los hermanos decían todo cuanto les pasaba por la mente”
                   Cuando  alguno no es capaz de callar  una cosa reservada, es señal de poca discreción. Y por ello tampoco puede penetrar más profundamente en su interior. En esa necesidad de hablar continuamente, se pone de manifiesto un miedo a la soledad, incluso a Dios mismo. Al hablar quiere decirlo todo, hacerlo todo visible, inmediato y así impedir que se produzca un verdadero diálogo.

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