259.- La taciturnidad. (6)

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Dejando otros muchos análisis sobre la obediencia, pasamos al capítulo 6 titulado de la taciturnidad.
Taciturnidad no es lo mismo que silencio, aunque en nuestro  modo de hablar, cuando no queremos precisar, podemos traducirlo por silencio, ya que la palabra taciturnidad en castellano tiene una nota  peyorativa. Llamar a una persona taciturna, no es hacerle precisamente un elogio.
A lo largo de la RB, repleta de doctrina sapiencial y monástica sobre el uso y abstención de la palabra, encontramos cuatro veces el término  “taciturnitas”  y otras cuatro el vocablo “silentium”.
“Silentium”  tiene un matiz disciplinario, funcional. Se habla del silencio nocturno, silencio durante las comidas. Significa silencio en sentido estricto, abstención  de toda palabra. “Taciturnitas” `por el contrario denota  sobriedad, sensatez, moderación en el uso de la palabra, e incluso algunos lo traducen por “amor al silencio”.
A la “taciturnitas” y no al “silentium”, dedica  S. Benito  este capítulo en la sección ascética de la Regla.
Ante el bullicio de nuestro mundo, son muchas las personas que desean librarse del ruidoso ajetreo y encontrar  en lugar de silencio y paz.
El ruido  amenaza incluso a la salud no solo psíquica, sino también física. Entre otros muchos el filosofo danés Kierkegaart ha descubierto en el silencio un remedio para sus males interiores. Muchos también han experimentado  el efecto sanador del silencio en las técnicas de meditación orientales, y ponen el silencio por encima de todas las demás formas de expresión religiosa, incluso por encima de la oración y del servicio divino.
Otros por el contrario, el silencio les resulta  arduo y penoso. Algún huésped me ha dicho que haber podido descansar bien debido al gran silencio que rodea la hospedería.
En el casi unanine elogio del silencio que se le hace actualmente, suele olvidarse un aspecto  muy importante de la tradición monástica. El silencio como tarea, como exigencia de trabajo interior, de cambio. Por ello necesitamos echar una mirada a los antiguos monjes de los siglos III y IV, que pueden aportar claridad a la actual visión del silencio que con frecuencia corresponde más a un deseo que a su vivencia.
Por principio, debemos resaltar que el silencio es ante todo una tarea espiritual que requiere  implicación de todo el ser humano. Para los monjes, el silencio no es propiamente una técnica de distensión o profundización, ni tampoco un método para desconectarse del entorno.
El silencio busca más bien  el ejercicio de actitudes esenciales que nos formula una exigencia moral: eliminar nuestras actitudes viciadas,  combatir  nuestro egoísmo, y así poder abrirnos a Dios.

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