451.- Los sacerdotes del monasterio

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Si algún abad desea que le ordenen  un sacerdote o un diácono elija entre los monjes a quien sea digno de ejercer el sacerdocio. 62,1.

Los sacerdotes del monasterio podían proceder del clero diocesano, de cuya admisión trata el capítulo 60, o también pueden ser monjes promovidos al sacerdocio. En este capítulo 62 prevé este caso. Siendo la materia de los capítulos 60 y 62 tan semejante y estando próximos, no es extraño que este capítulo esté construido con el mismo esquema que el 60 y se repitan ideas y vocabulario. Su estructura es bien sencilla.
1º elección de un monje para el sacerdocio (1), 2º obligaciones del ordenando (2-7) y 3º procedimiento a seguir si no se porta como se debe (8-11).
No nos encontramos ante un capítulo marcadamente  doctrinal sino práctico. No tiene paralelo en la RM por no darse en esta regla esta posibilidad.
Ya indicábamos al comentar el capítulo 60 no existe incompatibilidad alguna entre  el sacerdocio y la profesión monástica.
S. Dionisio decía que los monjes deben plasmar su vida sobre la de los sacerdotes. Los monjes son más actos para las funciones sacerdotales por cuanto están  mejor preparados por una vida de mayor exigencia de santidad. Por eso en la antigüedad la Iglesia confiaba a los monjes ciertas obras pastorales e incluso la administración de las diócesis. S. Atanasio consagraba obispos a solitarios egipcios, S. Martín, S. Agustín, S. Eusebio de Vercelli y otros monjes obispos reclutan su clero entre los monjes o llevaban  a sus clérigos  a una vida monástica.
El Papa S. Silicio en una carta expresa su deseo de que los monjes ejemplares reciban las órdenes sagradas. S. Agustín de Cantorbery y sus compañeros todos monjes,  evangelizaron Inglaterra.
Pero en este capítulo solamente se trata de los monjes ordenados con miras a los intereses espirituales  del la comunidad.
Los ascetas de los primeros tiempos asistían a los oficios en las iglesias de su región. Los anacoretas se consideraban dispensados de su asistencia. Ya conocemos como s. Benito se enteró en su soledad de Subiaco de que era Pascua.
Hacer venir al monasterio un sacerdote secular para celebrar los ministerios y administrar los sacramentos fue un procedimiento de algunas familias religiosas,  como los pacomianos.
La actitud del Maestro en este aspecto es clara, no prevé la ordenación de los monjes concorde con el pensamiento general casi unánime del monacato antiguo respecto al sacerdocio.
Los anacoretas coptos se resistían a la ordenación sacerdotal, los pacomianos la rechazaban en absoluto. Los monjes en Siria tampoco se dejaban ordenar. Se afirmaba: monacato y sacerdocio son cosas distintas. El uno se ordena al gobierno de las almas, al servicio ministerial del pueblo de Dios, el estado monacal es la rotura con el mundo presente.
Los monjes temían la soberbia si son ordenados y también   que se les obligue a dejar su vida oculta para ponerlos al frente de iglesias seculares.
A pesar de todo esto, S. Benito en el caso de necesitar un presbítero o diacono para servicio de la comunidad, encarga al abad que elija entre sus monjes aquel que sea digno de ejercer el sacerdocio. Pero no dice en que ha de consistir la dignidad del elegido. Pero por lo que dice cuando trata de los decanos o del mayordomo, se puede colegir cuales son estas cualidades: un monje sensato, maduro de costumbres, de acendrada fidelidad y de vida santa.
Por tanto, si no era suficiente lo dispuesto en el capítulo 60 y se necesita un presbítero o diácono, lo elegirá entre sus monjes. Pues resultaba más sencillo bastarse a sí mismo instituyendo un clero monástico. Esta fue la costumbre que prevaleció desde muy antiguo tanto en oriente como en occidente. Cada monasterio disponía de sus clérigos  no muy numerosos. Por  lo general un sacerdote bastaba teniendo en cuenta que la misa  no se celebraba a  diario. Según Paladio, en el monasterio del abad Isidoro, que contaba con un millar de hermanos, el portero y otros dos  monjes  eran sacerdotes. El mismo abad no siempre lo era. En el siglo IX la disciplina reclamará que el abad sea sacerdote (concilio Romano de 826) Lo más normal en estas fechas era que los simples monjes fuesen ordenados de sacerdotes.
En el catálogo de los monjes de Saint-Denys hacia 838, sobre un total de 123 monjes, se cuenta con un obispos, 33 sacerdotes, 17 diáconos 24 subdiácono y 7 acólitos.
Para ayudar a los sacerdotes se prevé de diáconos. S. Benito prevé su ordenación. ¿Por qué no se dice nada de los clérigos inferiores? Tal vez porque  los simples monjes podían desempeñar las funciones litúrgicas  reservadas a estos ministros en la iglesia seculares. Incluso hay autores que opinan que la profesión monástica equivalía entonces al subdiaconado. Pero si tal costumbres existió realmente, no fue ni universal ni duradera.
  En cuanto al episcopado, S. Benito nunca pensó ordenar a sus monjes de obispos. Sólo mucho más tarde fue cuando algunos monasterios se preocuparon de tener un obispo entre sus monjes  para tener las ordenaciones dentro del monasterio. Este obispo a veces era el abad, otras un simple monje como ocurría en ocasiones en Saint-Denys.
Clemente V introdujo  la innovación de que todos  los monjes de coro tuviesen las cualidades para poder ser ordenados. El concilio de Vienne 1311 ordenó que todo monje a  la llamada de su abad, acede a las órdenes sagradas. Y añadía el Papa que era para ennoblecer el culto divino. Un coro de sacerdotes y clérigos ofrece al Señor una alabanza más perfecta que un coro de simples monjes.
Un Decreto de Clemente VII en 1603 insiste  sobre este tema, pero el Derecho actualmente no permite el acceso a las Ordenes Mayores más que a los monjes que han emitido los votos solemnes.
              De la frase de la RB de que el abad elija al que ha de ser ordenado se deduce que era el abad el que elige, no el obispo. Cuando se trata de ordenar a un monje para el servicio exterior, es el obispo el que lo elige, pero algunos concilios recuerdan que debe solicitar el consentimiento del abad.
  Tampoco  es la comunidad ni los ancianos los que elige, como en Escete, aunque  probablemente serían consultados.
Menos era al monje al que le correspondía presuntuosamente  exigir la ordenación. A este propósito se pueden leer los capítulos 14 y 15  del libro XI de las Instituciones de Casiano. Y aún es menos propio de un monje huir de las Ordenes Sagradas acudiendo a procedimientos expeditivos, como cortarse una oreja, como aquellos monjes de que nos habla Paradisus Patrum. Esta humildad decía Casiano que es una variante de la soberbia.

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