449.-Proceder con el monje forastero.

publicado en: Capítulo LXI | 0

 Si más adelante desea incorporarse definitivamente  al monasterio, no se le rechace su deseo, ya que se pudo conocer bien su tenor de vida durante el tiempo que permaneció como huésped. Más si durante su estancia  se vio que es un exigente, un vicioso… ha de invitarle amablemente a que se vaya. 61,5-7.

Aunque como decía ayer, este capítulo no tiene vigencia actualmente, pero examinando la conducta que S. Benito señala para con los monjes forasteros, puede ser motivo de reflexión para pensar como actuaría S. Benito con los religiosos de otras órdenes que quieren ingresar en el monasterio.
La estancia  en el interior del monasterio permitía conocer las disposiciones  del  viajero. Por la misma libertad que se le ha dado para convivir con los monjes, se manifestara su carácter.
Si es exigente, difícil de contentar, tendente a no hacer nada, es fácil suponer que una vez establecido, estas tendencias le lleven a arrepentirse de la estabilidad que ha prometido y ocasionará molestias en la comunidad.
Dice S. Benito que si es vicioso. No solamente que tenga defectos, ¿Quién no los tiene?, sino costumbres enraizadas,  será un pesado fardo para la comunidad y un peligro para los espíritus débiles. Por esto, en cuento se conozca suficientemente la falta de idoneidad, quiere S. Benito que se le ruegue amablemente, con cortesía, que se marche. No quiere que se empleen procedimientos descorteses o violentos.
Pero si después de haber experimentado la regla del monasterio, manifiesta su voluntad bien resuelta de dar fin a su peregrinación y pide la estabilidad,  no hay que oponerse a tal deseo, sino tomar en consideración su demanda. Para S. Benito, la estabilidad del monje es el máximo bien y la mejor garantía de progreso espiritual. El tomar semejante decisión es ya un excelente indicio, tanto más que se ha podido comprobar durante su estancia su buen espíritu.
Pero S. Benito va más lejos, pues aún suponiendo que  el buen monje no se atreva a pedirlo o ni siquiera piense en ello, se le podrá invitar amablemente  a que fije su estabilidad.
Hay que recordar que en esa época la estabilidad no existía fuera del monasterio de S. Benito. En este caso el monje ya ha abandonado su monasterio. Y si es virtuoso y se augura un futuro prometedor, ¿por qué  no tomarle la delantera? Nada pierde su monasterio de origen, ya que salió de él y a caso sin promesa de volver. Con esto el monje sale ganando espiritualmente por entrar en una vida que por la estabilidad, es más perfecta. También gana el monasterio donde es recibido, porque adquiere un buen elemento, que será de provecho espiritual para los demás.
San Benito le hace observar que no es contrario a su profesión  el quedarse allí, ya que en todas partes se sirve a un mismo Señor. No se trata por tanto de cambiar de dueño, sino de fijarse en un lugar donde le servirá mejor.
Si el abad estima que las virtudes del nuevo candidato  justifican una excepción  a las normas comunes, puede  darle un rango superior al que le corresponde por su ingreso.
Esta disposición de S. Benito es equivalente a la que encontramos en los capítulos 60,62 y 63, tiene por objeto poner coto a las sorpresas muy naturales de algunos que se podría quejar de que “estos últimos no han trabajado más que una hora y  les paga  como a nosotros que hemos aguantado  el peso de día y el calor”.
Por lo demás esta facultad del abad no es arbitraria, por eso por dos veces dice S. Benito que el mérito de la vida debe justificar  este modo de proceder.

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