445.- Consagración de los niños.

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Cuando algún noble ofrezca a Dios en el monasterio, si el niño es aún pequeño, hagan sus padres el documento del que hablamos anteriormente.
59.1.

No nos detendremos en este capítulo debido que actualmente no tiene vigencia. El hacer un comentario sobre el mismo  solamente es en plan histórico, conocer lo que en un tiempo fue la consagración de por vida de los niños en la vida monástica.
En el capitulo precedente S. Benito había descrito la recepción de adultos. En este trata de los niños.
No se refiere a alumnos admitidos en el monasterio temporalmente para su educación, sino entregados de pequeños para siempre, consagrados para la vida religiosa.
Actualmente todo esto no tiene ninguna aplicación por haber cambiado la legislación. El Concilio de Trento no acepta como válidas las profesiones monásticas emitidas antes de los dieciséis años.
Pero resulta interesante señalar el hecho, la historia y la doctrina  a este respecto. Encontramos algunos autores  que consideran este capítulo como algo muy negativo en la RB, otros lo miran de una manera más benévola encuadrándolo en el ambiente cultural de la época.
La costumbre de los padres de consagrar sus hijos a Dios podemos verla en tiempos lejanos, en el A.T Sin citar la entrega extraordinaria de Abraham, sabemos como el pequeño Samuel fue presentado en el templo por su madre Ana. Esta fue también la historia de Juan el Bautista, y según una tradición sin fundamento histórico la Virgen María fue así ofrecida en el templo según lo celebrábamos el 21 de noviembre.
En la antigua sociedad y aún actualmente en otras culturas, los derechos del cabeza de familia eran casi absolutos. El apóstol Pablo expone  con toda naturalidad, los derechos que asisten al padre para casar a su hija.  
A los primeros cristianos les parecía lo más natural ofrecer sus hijos en el monasterio. Era una costumbre que encontramos en todos los sitios: Egipto, Tebaida, Palestina, Siria y Asia Menos.
No hay que dudar que se dieron frecuentes abusos e inconvenientes, ya que el mismo S. Basilio, a pesar de mantener el principio de la admisión de niños, exige que no se les haga emitir la profesión  hasta la edad que puedan obrar con todo conocimiento y libertad.
En Occidente, muchos años antes de S. Benito, había padres que comprometían  a sus hijos aún pequeños en algún género de vida religiosa perpetua. Cierto pasaje de una carta de S. Agustín aprueba esta costumbre. Las pequeñas oblatas de que habla S. Jerónimo en sus carta, parece que también estaban consagradas desde niñas para siempre. S. Cesareo permite admitir niñas desde los seis o siete años. El Concilio V de Orleáns (549) reconocía que las niñas entran en la vida religiosa o bien por propia voluntad, o por  bien  ofrecidas por sus padres. Y el Concilio de Macon (584) excomulga a las oblatas que abandonen el monasterio. 
S. Benito supone que el niño es demasiado pequeño para escribir por sí mismo la petitio, y eran sus padres la que la escribían y hacían la promesa. Y por todo el contexto se ve que se trataba de una verdadera profesión. Se envolvía la mano del niño en el corporal juntamente con la ofrenda eucarística. Así el niño era ofrecido pasivamente como el pan y el vino. No se le trata como persona, sino como objeto.
Pero donde S. Benito se muestra realmente con una insensibilidad desconcertante con respecto a la libertad de los seres humanos, según algunos influenciados por el pensamiento actual, es en sus prescripciones  respecto al desprendimiento del niño que abunda en prescripciones de carácter jurídico  y ocupa casi la totalidad del capítulo. Los padres tenían que desposeer totalmente al hijo, tanto en el presente como en el futuro de manera  que el muchacho no pudiera forjarse la menor ilusión de llegar a tener cosa alguna.
Celestino III (1191-1198) reconoció para los oblatos la libertad de volver al mundo y esta disciplina fue prevaleciendo poco a poco sobre la antigua.
 Los autores modernos mientras que unos consideran este proceder inhumano,  otros se inclinan a bendecid esta institución que proporcionó frutos tales como S. Mauro, S. Plácido, San Beda el Venerable, Sta. Gertrudis y otros muchos. Y no encuentran motivo para que nos avergonzásemos de este capítulo 59.

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