441.-La profesión monástica.

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Y si después de haberlo deliberado consigo mismo, promete cumplirlo todo y observar cuanto se le manda, sea entonces admitido en el seno de la comunidad. Pero sepa que conforme lo establece la regla a partir de ese día ya no le es lícito salir del monasterio. 58,14-15.

Benito no permite a nadie abrazar la vida monástica sin saber lo que  implica de manera plena este modo de vida. Por otra parte la Regla deja meridianamente claro que se trata de un  proceso que llena toda la vida. No ser trata de una experiencia de un año, no es un grado adquirido en un determinado momento y después ignorado. No es  un parche espiritual rápido, sino que se trata de un modo de vida que abrazado, es para toda la vida. Algo tan importante no puede ser abrazado a la ligera, ni descartado con facilidad. Es el trabajo de toda una vida que necesita  de toda ella para que pueda llegarse a la plenitud y llegar a la transformación que se aspira.
El compromiso definitivo y la plena incorporación a la comunidad son el coronamiento del itinerario que el novicio ha recorrido desde su ingreso en el monasterio. El carácter definitivo del compromiso lo subraya S. Benito rotundamente:”sabiendo que la ley de la regla establece que desde ese día no le será lícito salir  del monasterio ni librarse del yugo de la regla que después de tan  prolongada deliberación pudo rechazar o aceptar”
Esta rotundidad jurídica no tiene que hacernos olvidar  el aspecto místico y sacramental que emerge de la definición que S. Benito hace de la profesión. En último término es ese el único fundamento para poder comprender y asumir un compromiso total  y definitivo.
Queda patente leyendo este capítulo, que aunque se exprese con un documento jurídico, tiene una dimensión espiritual que es su núcleo esencial. El monje une la ofrenda de su vida al Padre a la ofrenda de Cristo que se renueva en la eucaristía. El hecho de depositar el documento en el altar lo subraya con más fuerza. El canto del “Suscipe me” nos hace ver cómo soprepasando a un mero contrato, nos pone en la mística de la alianza.   
  El contrato es un intercambio comercial, la alianza es un encuentro de personas. En el contrato se compromete a dar lo convenido a cambio de unas realidades actuales o futuras  bien determinadas. Si algo falla por una de las dos partes, el contrato queda anulado.
La alianza por el contrario consiste en ponerse en las manos del otro sin  exigir  ninguna condición. Es una expresión de confianza y amor. En el fondo es decir al otro:”pase lo que pase yo confiaré siempre en ti porque se que me amas de verdad”. Una confianza así solo se puede poner en Dios. Pero por eso mismo, esta fe en Dios puede fundamentar  nuestra alianza con nuestros hermanos y el compromiso que nos atrevemos a establecer con ellos.
La visión que nos da la Escritura  de las relaciones de Dios con su pueblo está centrada en la alianza.  Esta visión es la que ha de ilumina  la promesa del monje. La promesa que hace el monje es  la alianza con Dios, es decir, confiar totalmente en él y empezar a vivir  juntamente con El que es Dios viviente. La aventura de una vida totalmente abierta al amor.
Por eso  la profesión del monje es universalmente considerada por la tradición como irrevocable. Solo el compromiso a perpetuidad hace al monje.
Esta fijación voluntaria  en un estado no es incompatible con los dones del Espíritu. El carisma monástico es el de la fidelidad.  Lo que el Espíritu ha pedido siempre a los monjes es consagrarse para siempre. Los dones de Dios  son irrevocables. Este axioma enunciado por Pablo a propósito de la alianza con Israel, vale también a propósito de la alianza que el Señor establece con aquellos que se entregan  totalmente a El en la Iglesia.
La profesión monástica se ha relacionado con el bautismo. Lo que es válido para la regeneración bautismal, lo es también para  la profesión del monje. No es una casualidad que los dos compromisos tengan el mismo carácter definitivo. El segundo asume, afirma y especifica el  primero.
Esta relación de la profesión monástica con el bautismo, puesta en evidencia por el Maestro, da al  monacato cristiano su fisonomía propia con respecto a  sus homólogos paganos. El filósofo puede retirarse el mundo por un tiempo, el bonzo  puede salir de la pagoda tal como entró, pero el monje cristiano hace un pacto con el Dios vivo por toda la eternidad.
La profesión monástica como el bautismo tiene la misma estructura. Tanto el monje como el neófito están ligados por una fe  que los une a Cristo y de la que no pueden renegar.

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