439.-Preparación a la profesión.

publicado en: Capítulo LVIII | 0

Si prometiere perseverar, al cabo de dos meses se le debe leer la Regla íntegramente y decirle, esta es la ley bajo la cual pretendes servir. Si eres capaz de observarla, entra, sino márchate libremente.
 58,9-10

Este capítulo sobre la manera de recibir a los hermanos sorprende hoy por su aspecto duro y defensivo. La severidad de la acogida nos parece casi inverosímil dada nuestra mentalidad actual. Y esta línea de severidad se mantiene en el resto del texto. Cierto que tiene algunos matices más suaves, como el de ganar almas del anciano que le acompañará al recién llegado, de una verdadera búsqueda de Dios en él. Pero estos aspectos positivos van acompañados de reiteradas prevenciones.
Así la promesa definitiva es precedida de solemnes advertencias. Y a primera vista un compromiso rodeado de estas expresiones reviste un aspecto sombrío y dramático que culmina con una amenaza de condenación.
Nada menos atrayente que esta presentación negativa y las frases represivas a lo largo de todo él. ¿Es así como se entra al servicio de Dios? nos podemos preguntar.
La aspereza de la acogida se explica mejor en esa época de vitalidad religiosa que parece que fueron los primeros siglos del cenobitismo. Las comunidades crecían rápidamente y el reclutamiento no parece causar preocupación alguna. En una situación así el padre de un monasterio no piensa tanto en conseguir postulantes cuanto en asegurar su calidad.
Por lo demás las dificultades que se ponen por delante a los  candidatos, no excluyen señales de solicitud afectuosa hacia ellos. El Papa Gregorio, aunque alaba a Benito por su forma severa de discernir las vocaciones, recomienda a un abad que ofrezca a un postulante la más amable y alentadora de las acogidas. Y el  mismo Benito al final del Prólogo, añade al texto del Maestro un párrafo de aliento para los principiantes.
Por otra parte, la aspereza de la probación corre pareja con su  relativa rapidez. Cuanto más dura es la prueba, más corta puede ser y a la inversa, un tratamiento poco enérgico puede prolongarse. Por esto actualmente nuestros métodos más suaves exigen mayor tiempo.
S. Benito impone  en tres diferentes tiempos la lectura de la Regla para que el novicio tenga una idea de todas las obligaciones que contraerá  por su profesión. Con tres intervalos diferentes le repite al novicio:”He aquí la ley bajo la cual debes combatir. Si puedes observarla entra, sino libre eres, márchate”.
En lugar de mostrarle las  dulzuras y ventajas terrestres de la vida religiosa, le recuerda una a una todas las obligaciones y todas las asperezas de este modo de vivir: “Predicentur dura et aspera.”
En la práctica con frecuencia se hace lo contrario, presentando  el porvenir con los mejores colores, quizás con promesas irrealizables y aún concediendo dispensas que deterioran la regularidad. Y el resultado es que de un novicio que no conocía bien su deber, se hace un profeso que lo olvida más aún e introduciendo en la comunidad un elemento de destrucción y ruina.
La vida cristiana y por tanto la vida monástica, es un seguir a Cristo con la cruz de cada día. Así lo enseñaba el dulce S. Elredo. “Me dirijo a vosotros hijos y  hermanos míos que sois no sólo adoradores  de la cruz de Cristo, sino que también hacéis profesión de ser los amantes de la misma cruz. Yo os lo digo, y que cada uno piense lo que quiera, que juzgue lo que le plazca, que se gloríe de lo que quiera, más en la cruz de Cristo no hay nada de tierno, nada blando, nada delicado nada que sea dulce a la carne o a la sangre.
La cruz de Cristo debe ser como el espejo  del cristiano, que se mire en la cruz para ver si sus costumbres son conformes a la cruz de Cristo. Que piense que participará de la gloria  de Cristo en la medida en la que participe de su cruz. El que aborrece la amargura de la cruz de Cristo debe temer que el Crucificado aparte de él sus miradas.
Hermanos míos, ved que alegría debe ser la vuestra, vosotros que estáis crucificados con Cristo (de aquí brota la verdadera alegría del monje)  En verdad os digo hermano míos, no os engaño, nuestra Orden es la cruz de Cristo. Observar estad dos cosas, hermanos míos, No os alejéis de la cruz,  y sujetaros a ella. No hagáis  nada contra la cruz. Esto significa hablando claramente perseverar en la vocación y perseverar no haciendo  nada conscientemente contra la Orden. De este modo seguiréis a Cristo allí donde El os precedió llevando su cruz”
Esta verdad es la que quiere S. Benito que se tenga presente desde los mismos comienzos de la vida monástica, si queremos que el que llega sea un verdadero monje. Es la línea opuesta a todo proselitismo.
Por tanto no se ha de ocultar al novicio a fin de ganarlo las penalidades que encontrará en el monasterio. Por el contrario, se le animará a asumirlas como camino hacia Dios.
Estas penalidades se pueden reducir a tres capítulos: noches de la fe, la aceptación de sí mismo y  la aceptación de los demás.
A la vida monástica no le basta el impulso inicial de la fe. Lleva  a unas renuncias, una serie de rupturas que no pueden ser asumidas si no es a través de una profundización progresiva de la fe. Es necesaria una purificación de la fe y no puede conseguirse si no es a través del desierto. El monje tiene que vivir la experiencia del éxodo, ha de pasar  por un vació afectivo que es muy doloroso. Solamente la dirección de un guía espiritual y el calor de la comunidad pueden evitar que llegue a tener consecuencias negativas para su equilibrio humano.
La aceptación de sí mismo es un largo camino que ve desde la adolescencia  hasta llegar a ser adulto en el espíritu. Hace falta mucho arrojo para no vivir aplanado, sea por resentimientos del propio pasado, sea por la angustia del futuro. A través de la cruz de Cristo o mejor de Cristo en la cruz, se encuentra el camino de abandono en las manos del Padre y se llega a asumir la propia vida tal cual es en el momento presente. No para quedarse fijo ahí, sino como único punto realista de partida. Desde ahí se puede lanzar a la aventura de la vida, porque ha llegado a ser libre, pues solamente cuando se conoce y acepta a sí mismo se siente capaz de una realización madura con los otros. Se hace capaz de comprender y de amar.
En cuanto  la aceptación de los otros es también  un camino largo y no exento de sufrimientos. Las primeras decepciones son dolorosas, pero no son las más  duras, ya que son la liberación de las mitificaciones ingenuas del ideal comunitario: “Yo pensaba que todos eran santos,” decía un joven novicio. Así mismo con madurez, con cariño y respeto, una comunidad con sus cualidades y defectos, con sus incoherencias y debilidades no se puede hacer sin sufrimiento. Sólo un amor crucificado y un espíritu de reconciliación pueden superar los elementos disgregadores que se dan en toda comunidad humana  para poder compartir en ella la fe y el amor de Jesucristo crucificado.

Dejar una opinión