434.- La admisión de los hermanos.

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Cuando alguien llega por primera vez  para abrazar la vida monástica, no ha de ser admitido fácilmente, porque dice el Apóstol: someter a prueba los espíritus para ver si vienen de Dios.
58,1-2.
Encontramos una temática relativamente homogénea en  los cap. 58 al 61 de la RB, destinados a la acogida de los aspirantes a la vida monástica.
En este capitulo 58 nos encontramos ante una página muy representativa del ideal benedictino. Tiene cinco partes importantes: la acogida del aspirante,  el anciano que los atiende,  criterios de discernimiento, el noviciado y  la promesa definitiva.
La comunidad monástica necesita constantemente nuevos miembros para mantener su dinamismo y preparar su futuro. Es ley de vida. Pero sus miembros no se han de reclutar con técnicas de proselitismo, sino por el don de Dios, el único que puede hacer surgir en el corazón del hombre el deseo irresistible de buscarlo de verdad.
S. Benito, de acuerdo con la tradición monástica recomienda no se admita ligeramente al que se presenta por primera vez con el deseo de hacerse monje. Y apoya esta práctica en una cita de la carta de S. Juan.
El peligro de que con los postulantes se infiltren en el monasterio  máximas y costumbres mundanas, indujo a los padres del cenobitismo a probar duramente y según la costumbre de la época, su espíritu, la seriedad y  consistencia de sus propósitos, negándoles repetidamente  la entrada.  Y una vez admitidos, obligarles como posibles portadores de gérmenes nocivos para la salud de la comunidad,  una especie de cuarentena, durante la cual debía aplicarse con seriedad a reflexionar  sobre su vocación, aprender el nuevo género de vida y desprenderse de los hábitos e ideas seculares.
Sólo al terminar este periodo de prueba que posteriormente se llamaría noviciado, se acedía plenamente a la vida comunitaria, considerados como verdaderos monjes.
S. Benito siguiendo esta tradición manifiesta importancia que da a  la admisión citando la carta de S. Juan no sea que por querer salvar un alma que no tiene vocación, se exponga su salud y la de otros muchos, privando a la comunidad de su paz y su regularidad, de su buen espíritu y siendo causa de posteriores disgustos.
No es que pida ya la santidad del que se presenta en el monasterio, pero hay que exigir una verdadera vocación.
La vocación se manifiesta por una inclinación sobrenatural o a lo menos por motivos razonables que inducen a creer que Dios llama a este género de vida en concreto. Y esto se logra probando los espíritus, ya que hay diversos espíritus, dice S. Bernardo. El espíritu de la carne que lleva a la molicie y al placer; el espíritu del mundo que conduce a la vanidad; el espíritu del demonio que inspira amargura y maldad. A estos  espíritus se une con frecuencia nuestro propio espíritu.  Finalmente está el espíritu de Dios que aconseja el dominio de si mismo y la docilidad del corazón. Este espíritu  es el que debe dominar  en la inclinación al claustro.
La vida espiritual no es una serie de ejercicios agregados  a la vida ordinaria, sino un completo reordenamiento de nuestros valores y prioridades, así como de nuestra vida.
La espiritualidad monástica no es cuestión de unirse  a una comunidad concreta, sino la profundidad de alma que cambia nuestra vida, nuestros esfuerzos y nos lleva a ver todo de manera distinta, más profunda.
Para que estos ea una realidad, quiere S. Benito que se prueben los espíritus. Y una vez superado un primer estadio  de discernimiento,  durante el cual el postulante se mantenía en la puerta del monasterio, si persistía en su petición, se le permitía entrar, pero antes de  unirse a los  novicios,  debía pasar unos días, o meses según diversas interpretaciones del texto benedictino, en la hospedería.
Casiano en las Instituciones, describe el modo de recepción de postulantes en los monasterios de Egipto. En primer lugar se les obligaba a pasar por lo menos diez días a la puerta del monasterio durante los cuales se  ponía a prueba su paciencia con toda suerte de injurias. Una vez admitidos se les despojaba de su dinero y de sus vestidos eran cambiados por ropas del monasterio. Pero no eran incorporados inmediatamente después de su vestición, sino se les confiaba  al anciano que estaba al frente de la hospedería y durante un año ayudaban a servir a los huéspedes, ejercitándose en la humildad y la paciencia. Si salían airosos de esta prueba, pasaban  a formar parte de una decanía considerándoles ya miembros de la comunidad. Es evidente como la RB adopta este esquema aunque introduciendo numerosas modificaciones.
Aun cuando los usos sociales  actuales requieren aplicar estas normas de otra manera, las enseñanzas de S. Benito conservan toda su validez. La dureza acumulada en aquellos cuatro o cinco días a la puerta del monasterio, se pueden trasformar actualmente en uno o dos años en los que con formas suaves, se mantiene al postulante en un trabajo serio de discernimiento, a fin de clarificar así la llamada de Dios y profundizando su fe. Mirando con una ayuda  sicológica seria y un buen guía espiritual, a ver si su temperamento es apto para esta forma concreta de seguimiento de Cristo que es la vida monástica.
Durante este largo periodo de discernimiento se va fomentando el contacto del aspirante con diversos miembros de la comunidad, para que  la decisión tomada por ambas partes, no lo sea por unas primeras impresiones, sino que vaya precedida de un mutuo conocimiento. Así se evita el peligro de la mitificación ingenua de la comunidad por parte del aspirante, y se le ayuda a madurar su propia opción.

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