432.- Los artesanos del monasterio.

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Si hay artesanos en el monasterio, que trabajen en su oficio con toda humildad, si el abad se lo permite. Pero el que se envanezca de su habilidad por creer que aporta alguna utilidad al monasterio, sea privado del ejercicio de su trabajo y no vuelva a realizarlo a no ser que después de haberse humillado, se lo ordene el abad. 57,1-3.

Este capítulo tiene dos partes. Conduce a la desapropiación en su aspecto más espiritual que material. El monje tiene que estar desprendido incluso en sus pensamientos de toda propiedad privada.
En la primera parte 1-3, se ocupa de los artesanos. S. Benito valora positivamente las cualidades que para el trabajo artesanal pueden tener algunos monjes y quiere que esas cualidades se pongan al servicio de la comunidad, pero bajo con una condición insoslayable, que este trabajo no perjudique a la opción monástica fundamental, o sea “que no antepongan nada a Cristo”.
En el contexto sociológico de aquel tiempo, el monje artesano tenía el peligro de sobrevalorarse a sí mismo al compararse con la mayoría de los monjes que sólo hacían los trabajos internos del monasterio o los trabajos agrícolas. S. Benito fustiga cualquier manifestación de orgullo o egoísmo, ya que esto pondría en peligro algo que es esencial para el monje: “negarse a sí mismo para seguir a Cristo”.
El pensamiento de S. Benito en este aspecto, es relativamente sencilla. El desarrollo de la vida espiritual no depende de la supresión de la belleza, ni de la destrucción del yo. Los talentos que nos ha dado el Señor son para ponerlos a disposición del reino, en nuestro caso para la comunidad en concreto. No se trata de sofocar las cualidades en nombre de una gran espiritualidad. El pintor, el escritor, el músico, el intelectual…tienen que reflexionar cómo poner  estas cualidades a disposición de su vida espiritual, no cómo construir una vida espiritual a expensas de sus talentos.
Ningún talento es otorgado para tiranizar a la comunidad. Al contrario, se busca el modo de ponerlos en práctica porque la comunidad se merece nuestra entrega y disponibilidad. Es también un aspecto de la pobreza religiosa el poner a disposición de los demás aquello que se nos ha concedido.
Hoy día es por tanto plenamente válida  esta orientación que S. Benito señala para toda clase de cualidades, sean  artesanales, intelectuales o artísticas, ya que el ascetismo benedictino no se orienta hacia la negación de las cualidades personales, sino todo lo contrario, se han de cultivar al servicio de la comunidad y para el pleno desarrollo personal de cada monje, pero con una condición irrenunciable: que nunca se trasforme o sea ocasión de evadirse de la finalidad fundamental, del camino de abnegación y humildad que lleva a la cima del amor perfecto.
La norma que S. Benito da a continuación es muy exigente para  el abad. Hace falta muy buen sentido para hacerla realidad. Al monje que en la realización de unas tareas apropiadas a sus cualidades personales se desvía  de la fidelidad esencial a su proyecto monástico, hay que apartarlo de esa actividad, aunque con esa decisión  la comunidad salga perdiendo económicamente. Y sólo después de una conversión sincera, podrá el monje volver a ejercer ese trabajo para servicio de los hermanos.
En esto vemos una llamada de S. Benito para vivir todas las facetas de la propia actividad en coherencia con el ideal con el que el monje ha venido al monasterio. Con el progreso en la vida monástica, esta coherencia llega a ser tan intensa, que cualquier aspecto de la vida espiritual se convierte al mismo tiempo en expresión de esta opción fundamental.
Por esto mismo, monjes suficientemente clarividentes, por tener esta coherencia han renunciado por sí mismos, sin que se lo imponga el abad, a unas actividades que  podían convertirse en obstáculo para la fidelidad fundamental a su vida monástica.
El buen orden de la comunidad y el bien espiritual de los mismos monjes artesanos, supera con mucha ventaja el provecho material que su trabajo podía reportar y sin duda reportaría al monasterio.

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