427.- Organización de la hospitalidad.-

publicado en: Capítulo LIII | 0

Haya una cocina distinta para el abad y los huéspedes con el fin de que…no perturben a los hermanos 53,16.

Con la caída del imperio romano, viajar por Europa a lo largo de los caminos, sin protección, a través de territorio hostil y a merced de las bandas de salteadores, se volvió tan difícil como peligroso.
Los monasterios benedictinos se convirtieron en el sistema de hospedería de Europa, en virtud de las orientaciones  que S. Benito dejó en su regla. En ellos cualquiera era recibido a cualquier hora. Ricos y pobres eran aceptados por igual, se les daba el mismo recibimiento y las mismas atenciones.
Sin embargo para que el monasterio pudiera seguir ofreciendo su aportación en una necesidad en constante aumento, sin convertirse en lo que hoy llamamos un parador,  se describen una serie de medidas para el buen orden. La primera de ellas que tenga una cocina especial con dos hermanos, que todos los años se turnaban y que estaban preparados para este servicio a los huéspedes que siempre comían con el abad y que incluso podía el abad quebrar el ayuno si no era de los mayores, en honor de los huéspedes.
Un hermano temeroso de Dios se encarga de este servicio y dispondrá de suficientes camas.
Esta parte del capítulo 53 probablemente fue escrita posteriormente y añadida a lo antes dispuesto, para que la vida monástica no quedase desfigurada, como a merced de los transeúntes.
El hecho es que todos, manteniendo nuestros valores y estructuras, tenemos que aprender a proporcionar a los demás el equilibrio  y profundidad de nuestra vida.
La comunidad debe dar la bienvenida a los huéspedes, pero no debe perder su identidad por su causa. Al contrario, si no estamos a la altura de lo que debemos ser, no tendremos nada positivo que ofrecerles.
El equilibrio, el orden y la oración de la vida benedictina son clave para poder ser un auténtico apoyo en la vida de los demás.
Cierra el capítulo con un precepto de alcance  general. Ninguno de los hermanos debe hablar con los huéspedes, a menos que se lo hubieran mandado. No se trata simplemente de sarvaguardar la ley del silencio, sino que la vida del monje no sufra detrimento alguno debido  al contacto con el exterior.
Pero la observancia de esta regla no está reñida con la educación. Por eso al encontrarse con un huésped, no dejará de saludarle humildemente, ni de pedir su bendición conforme al uso de la época de S. Benito. Si se ve obligado a ello, dirá  que no le está permitido entablar conversación con los huéspedes y así seguirá su camino
En este capítulo de la RB encontramos una reglamentación  firme y completa del ejercicio de la hospitalidad monástica, en la que se compaginan el espíritu de fe, el agasajo de los huéspedes y las conveniencias espirituales de los monjes.

Dejar una opinión