426.- Teología de la hospitalidad.

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A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como a Cristo, pues El dirá un día: “Era peregrino y me hospedasteis”. 53,1.

En la India cuando dos personas se conocen y despiden suelen decir:”Namaste” que significa: rindo homenaje a esa parte de ti en la que reside el  universo entero, rindo homenaje a esa parte que hay en ti donde mora el amor, la luz, la verdad, la paz. Rindo homenaje de esta parte que hay en ti si tu estas en este lugar de ti y yo estoy en ese lugar de mí. Solo hay  uno de nosotros. “Namaste”. Espiritualidad de un encuentro.
En la espiritualidad benedictina también la hospitalidad está claramente orientada y fundamentada en el evangelio. “Era peregrino y me hospedasteis”. Esta frase de Jesús domina desde el principio toda la primera parte del capítulo. Acoger a  un peregrino, alguien que está viajando por tierras extrañas equivale a hospedar a Cristo en persona y de este profundo acto de fe se deriva todo lo demás. O sea, recibirlos como si se tratara del mismo Cristo a todos  que llaman a la puerta del monasterio pidiendo hospitalidad sin hacer ninguna excepción.
A todos  se les tributa el amor debido, sobre todo a los hermanos en la fe y a los peregrinos. A estos últimos como a los pobres se tendrá un particular cuidado al recibirlos porque en ellos se recibe a Cristo de un modo particular. A los ricos, dice S. Benito con su profunda intuición sicológica,  el respeto que imponen, lleva a honrarles.
A todos se les recibirá con muestras de caridad (v.3) se les tratará con humildad, (v.6) se les hará todo agasajo (v.9) pues en todos se honra y venera, se ama y se  agasaja a Cristo.
Es ininteresante comparar el fundamento bíblico de hospitalidad que presenta s. Benito con el que aparece en un texto de S. Agustín. Ambos están de acuerdo sobre la práctica de la acogida de los huéspedes, pero difieren  al señalar el fundamento bíblico.
Para Agustín la hospitalidad constituye una manifestación de la caridad fraterna de la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén. Es el gran ideal que tiene constantemente ante sus ojos, mientras  que para Benito, como hemos señalado, se fundamenta  en la descripción del Juicio Final que nos describe el evangelio. Agustín recibe al huésped como a un hermano queridísimo en Cristo. Benito acoge a Cristo en persona en el huésped.
La espiritualidad benedictina reposa en la fe en Cristo recibido en huésped. Cristo recibido con fe y servido con amor. Esta fe profunda es la que marca todo el ceremonial de acogida. Tanto el abad como los hermanos le saludan  con toda humildad. Solo después de cumplir las rúblicas más  religiosas: orar juntos, darse el osculote la paz, leer unos versículos del evangelio y darles el aguamanos o lavarles los pies, llega el momento de tratarlos con todo agasajo, es decir procurarles todo lo que necesitan incluida una buena comida que restaure sus fuerzas.
Solamente la fe puede hacer que los monjes de hoy seamos fieles a esta hospitalidad que  viene desde los orígenes del  monacato, y nos haga aceptar la incomodidad de que constantemente tengamos forasteros en el monasterio. Y será también la fe la que nos dará fuerzas para superar tanto la tentación de una forma de evasión de la propia soledad, como  la tentación contraria de mostrarse agresivos contra el huésped porque nos hace salir de nuestra comodidad.

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