252.- De la obediencia (5)

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Ayer consideraba como toda la vida de Cristo tuvo un sentido ejemplar y redentor, pero de modo especial en lo que se refiere a la obediencia. Con esto nos acercamos al punto central de la obediencia de Cristo, es lo que podemos llamar la clave de su obediencia y tiene que ser también la nuestra.
La obediencia de Cristo brota de su virginidad, es decir  de su CONSAGRACION DE AMOR AL PADRE. O sea del amor que Cristo tiene al Padre. Y cualquier obediencia  que no nazca  de ahí, no es cristiana. Así lo dice clarísimamente Jesús en el momento que sale hacia el Huerto, después de la Cena: “Para que el mundo sepa que amo al Padre y obro según el Padre me ha ordenado, levantémonos y vamos de aquí”
Va a la muerte para que el mundo sepa que ama al Padre  y que obra según el Padre le ha ordenado.
Tenemos que volvernos constantemente hacia Cristo, para comprender la obediencia y la autoridad  en la Iglesia, que no se configura como en la  sociedad civil. “No dominéis vosotros como dominan las gentes, sino el que sea mayor, sea el servidor de todos”. La autoridad y su correspondiente obediencia son distintas, radicalmente distinta, hasta  por las palabras  o términos empleados en la sociedad civil. En la Iglesia para designa la autoridad  se emplea el término diakonía = servicio. Mientras que en la autoridad civil es hierarkia = potestad.
No entramos a distinguir ahora entre obediencia y sumisión que según algunos es lo mismo, pero la opinión  más común afirma ser distinto.
Dios  nos manifiesta su voluntad de muchas maneras: palabra revelada, inspiraciones internas, los acontecimientos, la autoridad… sobre todo por la autoridad de la Iglesia. Por todos estos medios el Señor nos habla. Estos modos son expresión de la voluntad de Dios, cauces  e instrumentos de la voluntad de Díos, pero no son la voluntad de Dios. Son signos materiales expresivos de la voluntad de Dios, pero no son la voluntad de Dios en sí misma. Obedecemos a la voluntad de Dios que se nos manifiesta a través de estos signos.
Así puede suceder que la voluntad de Dios puede ser distinta de la voluntad e intenciones del superior que manda. Y no solo distintas, sino incluso contraria. Así lo vemos en la vida de Cristo, tanto en su nacimiento como en su muerte. Ni Cesar Augusto, ni el sanedrín, ni Pilatos  al ordenar lo que mandaron: el uno el empadronamiento, los otros la crucifixión, se proponían lo que Dios quería. Y Cristo se sometió a estas órdenes  y a través de ellas obedeció al Padre, que  manifestaba a su voluntad a través de  las torcidas  intenciones de la autoridad.
Esto es importante porque a veces sucede que  algún religioso puede objetar ante una orden: eso Dios no lo quiere, lo que quiere hacer el superior es fastidiarme.  Y podemos decir que se fastidia solo el que quiere. Dios puede valerse  de las torcidas intenciones de una persona que me quiere fastidiar, para purificarme a través de esa orden. Es lo que popularmente decimos que Dios escribe derecho en renglones torcidos.
También podemos sacar la consecuencia que se puede dar el cumplimiento exacto del mandato del Superior, y no obstante no obedecer. Cuando al cumplir lo mandado, se hace por otros fines distintos de los que  tiene Dios y el superior. Así si ante una orden se obedece para congraciarse con el superior, y poder sacarle algún permiso que de otra manera no conseguiría, o ganarme su estima. Estoy haciendo lo mandado, pero no obedeciendo. No busco ni lo que Dios ni el Superior quiere de mí. Se cumple lo mandado pero no se obedece.
Como ya hemos dicho obedecer tiene su origen etimológico de un  verbo griego que significa escuchar. Escuchar a Dios que por los medios ya indicados, habla.  La criatura escuchar la palabra de Dios, acepta y actúa  libremente en esa dirección y entonces se da la obediencia.
De esto se deduce que la obediencia evangélica es escuchar, aceptar  la palabra de Dios que por alguna mediación nos habla.
Esto de suyo no tiene ninguna dificultad. Es algo constructivo en el hombre el poder  recibir y comunicar. La dificultad está en las disposiciones de las personas que dialogan. Así lo expresamos cuando decimos: con tal persona  me entiendo o no me entiendo. En tal ambiente es fácil o difícil obedecer. Luego la dificultad, lo estamos expresando con nuestras poropias palabras, no está  en la obediencia, que es estimulante incluso psicológicamente, sino en la  relación de amor que existe o falta entre esas personas. Si no hay comunión  no hay amor, no se oye, no se entiende y por tanto no se obedece. No se obedece `porque no hay comunión de corazones. Porque no hay amor. Si me comunican una orden en chino, como no lo entiendo, no la cumpliré. Cuando no hay amor, no hay unión de corazones, no hay percepción de la orden y no se obra.
Como vemos, todas nuestras obligaciones están en la línea del amor. El amor a Cristo, cuando es verdadero,  nos hace vivir en comunión con los hermanos. Puede darse que tengan mentalidades y criterios diferentes, pero si el amor de Cristo es más fuerte que todo eso  que divide, une y hace posible la comunión por encima de las diferencias de criterios.
Con la comunión es posible la obediencia y cuando falta el amor lo que más se puede dar es un respetar el orden, que no conduce a ninguna virtud. Que no construye nada en el plano de la vida religiosa. De aquí la importancia  de cultivar el mutuo amor y confianza para entendernos. Si no tengo amor, no podré saber cual es la voluntad de Dios sobre mi o sobre la comunidad. Cada uno se escuchará así mismo y hablar  de por sí  y no escucharemos a Dios que nos habla. Si no hay amor, ha que pedirlo al Señor, para así poder escuchar la voz del Señor que nos habla. 

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