245.-Obediencia grata a los hombres.

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Pero incluso este tipo de obediencia solo será grata a Dios y dulce para los hombres, cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin murmuración, sin protesta. (5,14)

Este párrafo lo dividimos en tres partes. Ya comentamos la primera, la obediencia grata Dios. Hoy nos detenemos en la segunda parte, y grata a los hombres. Es un matiz de humanidad que S. Benito señala como propio de la obediencia. En la tercera parte señala las cualidades que ha de tener para que sea grata a Dios y dulce a los hombres.
Esta dulzura para los hombres que augura Benito, se ha de entender tanto para el que manda, como y sobre todo para el mismo obediente.
La obediencia embalsama el pasado de paz. Pues ella nos une a Dios y nos hace miembros de la familia divina. Jesús ya lo dijo: ¿Quién es mi hermano, quien es mi madre? El que hace la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.
En efecto, el acto de obediencia no es otra cosa que la paz hecha con Dios. La desunión de voluntades es lo que separa el alma de Dios. Desde que las voluntades divina y humana se unen formando como una sola voluntad, existe la paz. La obediencia sobrenatural y amorosa asegura al monje la gracia de Dios. Poder decir con sinceridad: “Dios mío, yo quiero obedeceros en todo para complaceros”, es un acto de amor perfecto.
Es también dulce para el presente. En la obediencia estamos felices, pues no tenemos que buscar el camino que conduce a Dios, no hay que inquietarse para buscar los mejores medios para adquirir las virtudes. Basta seguir la voluntad de Dios que se le ha manifestado.
La voluntad descansa con la obediencia y por la obediencia, todas las otras facultades se encuentran en un reposo completo. Para comprobarlo no tenemos más que consultar la propia experiencia, para darnos cuenta de la paz que se goza cuando uno se abraza plenamente a la voluntad divina.
Es también seguridad para el porvenir. Siendo el Señor un guía sabio y seguro, siendo quien más nos ama, estamos seguros que el camino elegido por él será siempre el mejor, el más derecho, el más ventajoso para nosotros. Abrazados a la obediencia, hacemos lo que más nos ayuda a santificarnos ya que Dios no puede contradecirse a sí mismo.

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