244.-Cualidades de la obediencia cenobítica.

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Pero incluso este tipo de obediencia solo será grata a Dios.
(5, 14)
En esta última parte del capítulo 5º insiste S. Benito en las cualidades que tiene que tener la obediencia cenobítica para que sea agradable a Dios, párrafo que hoy nos detenemos. Y añade con un matiz muy humano “dulce para los hombres.”
Es el mismo Dios por medio de las Escrituras declara cómo le agrada la obediencia. A Saúl que creía que debía ofrecer un sacrificio en ausencia de Samuel, respondió el espíritu Santo por boca de Samuel:”Mejor es la obediencia que las víctimas”. Lejos de agradar a Dios, el sacrificio del rey desobediente atrajo sobre él el castigo.
Dios manifiesta su predilección por la obediencia mediante las promesas que hace y por las gracias que la acompaña. Así dice: “el varón obediente cantará victorias”. Siempre triunfará, porque siempre tendrá la gracia de Dios con él.
Finalmente son muchos los milagros que se relatan en la vida de los santos, fruto del agrado del Señor por la obediencia. Y son muchas las leyendas que se conservan en las crónicas de los monasterios, señales de la convicción que ha tenido siempre los monjes, de cuanto agrada al Señor la obediencia.
S. Gregorio dice como por los sacrificios, se inmolaba la carne de otros, pero por la obediencia se inmola la propia voluntad, que es la que quiere Dios. Quiere el corazón. “No quiero tu don sino a ti”, dice el Kempis.
En otras virtudes no damos más que una parte de nosotros mismos, por la obediencia se da el hombre entero, por eso las demás virtudes son gratas a Dios cuando terminan o están marcadas por la obediencia. La humildad no es nada, no puede darse sin obediencia, la mortificación que no entrega la voluntad propia, no merece el nombre de mortificación. La misma fe, esperanza y caridad, no tienen consistencia si no se traducen en actos de obediencia.
Nada es más grato a Dios que el cumplimiento de su santa voluntad, o mejor dicho, nada puede agradarle fuera de su voluntad.
Cumpliendo la voluntad de Dios, le damos lo que es más santo, más glorioso, más grande para Él. Y esa voluntad se nos manifiesta ordinariamente por la obediencia. Un pequeño acto de obediencia, de fidelidad a la voluntad de Dios manifestada por la regla, aunque desconocido por los hombres, es más agradable a Dios y más meritorio y glorioso que todo lo que podamos hacer por voluntad propia.
En nuestra soledad podemos trabajar eficazmente e incluso más eficazmente por la gloria de Dios y la salvación de las almas, si hacemos la voluntad de Dios en nuestro vivir ordinario, como lo hacían Jesús y María en Nazaret. Podemos ofrecer por las almas lo que hay de más grande: el cumplimiento de la voluntad divina.

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