243.-El obediente, imitador de Cristo.

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 Ellos son los que indudablemente imitan al Señor que dijo de sí mismo: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió” (5,13)
Ayer señalaba que este 13 párrafo es el cuarto elemento  que S. Benito enumera como rasgo propio del monje obediente.
Toda la vida de Cristo tiene un sentido ejemplar y un sentido redentor. Pero de una manera muy particular se puede descubrir este doble sentido en su obediencia. Toda la vida  de Cristo lleva el sello de la obediencia. Más aún, toda su vida no es más que obediencia. Cumplimiento pleno y gozoso del querer del Padre.
La misma venida de Cristo al mundo según la carta  de los Hebreos, es un acto de obediencia:”he aquí que vengo para hacer tu voluntad”. Desde este momento toda su vida está regida por su obediencia al Padre. Es obediencia al Padre y nada más.
Con frecuencia recuerda con sus palabras, cual es el sentido de su vida, el móvil último de sus acciones y como vive en dependencia total, libre y amorosa respecto al Padre.
“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que me ha envidado y hacer su obra” (Jn 4,34). “El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre”. (Jn 5,19). “Yo no puedo hacer nada por mi cuenta”. (Jn 5,30). “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn. 6,38). “Yo hago siempre lo que le agrada a El”. (Jn 8,29)
La obediencia de Cristo se manifiesta particularmente en el momento cumbre de su pasión y muerte. S. Pablo resalta el sentido y valor teológico de esta obediencia. Por ella entre en estado de “señorío” y se convierte  en la autoridad que todos tienen que obedecer en el cielo y en la tierra. (Fil. 8,9). Su muerte es un misterio de obediencia y ser bautizados en su muerte (Rom 6,3) es ser bautizados  en su obediencia,  es decir, ser sumergidos en ese proceso de obediencia que fue toda su vida y que  podemos llamar “proceso de consagración”. Este estado inicial, debemos hacerlo cada día más personalmente nuestro por actos de obediencia.
“Aunque era Hijo, por sus  padecimientos aprendió la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. (He.5, 8-9) Y nosotros por la obediencia nos dejamos salvar por Dios y nos convertimos  en causa de salvación para los  demás, permitiendo Dios salvarles a través nuestro. Por la obediencia “nos unimos a la voluntad salvífica de Dios” (PC 14) Entramos más decididamente y con mayor seguridad en su designio de salvación (ET 25)
Romper  la obediencia es dejar de ser instrumento de salvación, por eso, sin obediencia no es posible la misión del religioso, ya sea contemplativo o como apostólico, porque es servicio de salvación sobrenatural.
La obediencia de Cristo es  ejemplar y esencial mente redentora. Nos salva por su obediencia al Padre y se convierte en modelo supremo de toda verdadera obediencia cristiana.
Durante su vida mortal obedeció no solo al Padre, sino a los hombres, es decir a mediaciones humanas. Vivió sometido a sus padres, pagó el tributo del templo, obedeció a las autoridades de Israel e incluso al tribunal que lo condenó.
La obediencia de Cristo brota de su virginidad. Es decir  de su consagración de amor total al Padre. La obediencia  nace del amor y el amor se expresa  y comprueba en la obediencia, en el cumplimiento fiel de su voluntad. “El mundo ha de saber que amor al Padre y que obro según el Padre me lo ha ordenado” (Jn 14,31) “Si me amáis, guardareis mis mandamientos” (Jn 15,21)
El misterio de obediencia cristiana y por lo tanto también la monástica, solo se entiende desde Cristo que obedece al Padre directamente y también  a través de las mediaciones humanas.
En el Padre todo es “paternidad” es decir todo es amor, sus mismos mandatos son amor, su autoridad es amor. Y de ese amor “fontal” proviene el designio de salvación que el Padre formó en Cristo. Todo el plan de salvación del  Padre se cumple en Cristo, más  aún Cristo mismo es el plan de salvación, la salvación integral del hombre, la salvación misma en forma sacramental. Y lo es obedeciendo al Padre. Nos salva por su obediencia hasta la muerte de cruz. (Fil. 2,7) Por su obediencia somos justificados (Rom 5,19) y su obediencia es cumplimiento de la voluntad salvadora y de los planes salvíficos del Padre.
Por esto tenemos que volver continuamente a Cristo para entender la obediencia y la autoridad en la Iglesia. Jesús vive la obediencia como aceptación filial de la voluntad del Padre y como realización  de la salvación. Jesucristo mismo es el plan salvífico del Padre, la encarnación perfecta de su designio de salvación de los hombres.
Cristo tiene conciencia clara de su misión y sabe perfecta hete  que su presencia  en el mundo es cumplir la voluntad del Padre. Para esto ha venido. Y sabe que la voluntad del Padre es amor.
Hemos hecho referencia al sentido ejemplar de la vida de Cristo y en concreto de su obediencia. El hecho de que haya vivido en total obediencia al Padre, incluso a través  de mediaciones humanas, es para nosotros no solo principio de salvación, sino también invitación y urgencia. Toda la vida de Cristo es revelación y no solo su palabra, y es expresión de la voluntad del Padre sobre nosotros.
El mensaje evangélico es el anuncio del Reino y de los planes  salvadores  de Dios para con  nosotros. Y si algo se nos pide, es una disponibilidad total, una actitud de alma abierta.

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