424.- La Oración privada.

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Una vez terminada la obra de Dios, saldrán todos  con gran silencio, guardando a Dios la debida reverencia, para que si algún hermano desea orar privadamente no se lo impida la importunidad de otro y si en otro momento quiere orar secretamente, entre él solo y ore, no en voz alta, pero con lágrima y efusión del corazón. 52, 2-4

A partir del párrafo 3 de este capítulo S. Benito aborda el tema de la oración privada de cada monje.
Si hay que salir con sumo silencio terminado el Oficio, es para que los que lo desean, puedan quedarse orando particularmente, sin que nadie los estorbe, ya que el oratorio es el lugar más indicado para orar en todo tiempo.
Esta es la idea que S. Benito quiere inculcar al monje con estas prescripciones, a la vez que le orienta a orar con frecuencia, según se deduce de los párrafos siguientes. Si en un momento concreto uno quiere orar, la puerta está abierta:”entre y ore”. Esto está de acuerdo con S. Agustín que había escrito que si algunos además  de las horas señaladas tienen tiempo y quisieran orar, no les estorbe alguna otra cosa,  lo que quieren hacer allí.
S. Agustín y S. Benito coinciden perfectamente, salvo en que Benito no alude para nada al tiempo disponible, tal vez porque lo da por supuesto, o para resaltar que la oración está por encima de cualquiera otra ocupación monástica.
El mejor método u orientación para la oración lo tenemos en esta frase:”Entre y ore”. La experiencia nos hace constatar que hay personas  generosas que tienen la sensación de que no saben orar. Y no me refiero a la noche de fe que el Señor puede llamar a algunas almas para participar del misterio de Getsemani. Se trata de personas  que experimentan la lejanía de Dios y sensación de inutilidad, de vacio y se sienten inclinados a abandonar la oración porque “es evidente que la oración mental no es para mí”.
A estos tales hay que animarles para que aunque no experimenten ningún sentimiento de la presencia de Dios, es la hora de asumir la oración de impotencia absoluta. Hemos de ponernos en las manos de Dios sin condiciones. Dios ha llevado su obra  en los monjes que han sido fieles a la oración a pesar de todo y en medio de todas las oscuridades, han conservado a lo menos el deseo de orar. Es el espíritu mismo de Jesús el que ora en ellos con gemidos inenarrables (Rom. 8,26)
S. Benito señala también  unas condiciones sobre la manera de orar que no se encuentran en S. Agustín. En primer lugar dice que “en secreto”. Esta frase  crea un problema al intérprete. Este adverbio ¿corresponde a peculiariter y que significa igualmente “en privado”, como en secreto? O hay que traducirlo por silenciosamente.
En  los comentarios a S. Mateo, de la frase “tu en cambio cuando quieras rezar, metete en tu cuarto, echa la llave y reza a tu Padre que ve lo escondido, tanto S. Cipriano como Casiano entienden que con el vocablo “secrete” están indicando la oración hecha en lo íntimo del corazón. Pero por todo lo que sigue, no queda duda de la mente de S. Benito respecto a la oración privada con su carácter intimo, silencioso, secreto.
“Sin que levante la voz” Es uno de los matices de la manera  de expresarse propia del monje que ha llegado al undécimo grado de humildad. Al hablar a Dios también lo hará sin levantar la voz. En primer lugar porque si se ora en voz alta molestaría a los hermanos deseosos de orar y sobre todo porque el Padre mira lo escondido y conoce lo más recóndito del corazón humano. Lo que interesa son las cualidades intrínsecas de la oración: su sinceridad, su intensidad. La RB no hace aquí hincapié en la pureza, como lo hizo en el cap. 20, “De reverentia orationis”. Pero si que nos encontramos aquí con las lágrimas y el corazón como indicios de la autenticidad  de la plegaria del monje.
Las lágrimas brotan de un corazón contrito y sincero, aplicado a orar, que de veras se derrama en la oración.
Con la efusión del corazón, es decir con intensidad, usando una expresión predilecta de Casiano.
En todo este pasaje, se descubre como fondo un párrafo de Casiano. “Suplicamos en nuestro aposento, cuado ponemos a cubierto nuestro corazón de la realidad circundante, apartándolo del tumulto de pensamientos y cuidados que lo solicitan. Y “en soledad”. Manifestamos a nuestro Señor en secreto y familiarmente nuestras peticiones. Suplicamos con la puerta cerrada cuando suplicamos con nuestros labios apretados y con todo el silencio al que escudriña no las voces, si no los corazones. Oramos en lo escondido cuando manifestamos sólo a Dios nuestras preces con el corazón y la aplicación de la mente. Hay que orar así mimo con sumo silencio para no distraer a los hermanos con nuestros susurros o clamores.”(Col. 9,35)
Termina S. Benito este capítulo diciendo: ergo, por tanto, el que no quiera orar de este modo, no se le permite permanecer en el oratorio, como ya queda dicho.

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