232.- De la Obediencia en la RM..- (5)

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Seguimos considerando la fuente del capítulo 5 de la RB, que no es otro que la RM.
La primera realidad que encuentra el  Maestro al reflexionar sobre las palabras “Hágase tu voluntad”, es nuestro libre albedrío. En efecto, el hacer la voluntad de Dios no nos es algo connatural al hombre ser complejo y dividido.
“Fiat voluntas tua” es el grito del Espíritu en nosotros, pero al Espíritu se opone la carne y esta domina nuestra alma, imponiéndola sus codicias nocivas, sugeridas por el diablo.
Por tanto la voluntad divina solo puede ser comprendida a costa de una erradicación  voluntaria de nuestra  voluntad propia. El Maestro encuentra la necesidad de esta erradicación  en la frase de S. Pablo que sin duda ha tomado de la regla de S. Basilio: no hacemos lo que queremos. Hágase tu voluntad se traduce por tanto negativamente, no haré lo que quiero.
Así desde el  principio, la voluntad de Dios  aparece como opuesta al querer humano espontáneo. Es el alma esclavizada por la carne. Por eso tenemos que sustituir el cumplimiento de la voluntad divina, al de esta voluntad propia a fin de no ser condenados el día del juicio.
Este es el primer  fundamento de la obediencia monástica en la mente del Maestro. Es una cuestión de salvación.
Esta doctrina está  marcada por el duelo entre la carne y el espíritu que describe S. Pablo al final de la carta a los Gálatas.
Entre la carne y el espíritu, el Maestro pone el alma, según la exégesis corriente a partir de Orígenes.
Del alma brotan esas voluntades  que Pablo invita a no hacer. Voluntades males, carnales, que el Maestro concibe como equivalentes a los deseos de la carne de los que acaba de  hablar el Apóstol.  De este modo, la frase de Gálatas 16,17 está en el origen de este binomio, cuya importancia a los ojos de l Maestro y de Benito  conocemos: “los deseos de la carne” y “la voluntad propia”.
El Apóstol había reprobado estos dos tipos  de tendencias, casi con los mismos términos.  El Maestro y Benito las unirán con una misma reprobación. Son los enemigos  comunes de la voluntad de Dios y el objetivo de la obediencia monástica es combatirlos y extirparlos.
La vonluntad propia por tanto es una tendencia  al mal que  proviene de la carne. Pero ¿de qué carne se trata?
Al leer la perícopa paulina constatamos que todas las obras de la carne están lejos de ser  simples pasiones sensuales. En efecto, a continuación de la lujuria, de la impureza y la inmoralidad, Pablo menciona la idolatría, la magia, la enemistad, la rivalidad, los celos, etc.  Así llegamos a la conclusión que la carne representa un con junto de tendencias pecaminosas  a las que todo el hombre, alma y cuerpo, está sujeto. Distinguimos  por tanto carne y cuerpo, reconociendo al término paulino  la significación más amplia que tiene en la Biblia.
El Maestro ha hecho esta misma constatación  pero saca una conclusión diferente.
Si el Apóstol llama obras de la carne a las faltas más variadas, es porque la carne, es decir el cuerpo, es el origen de toda  mala voluntad. De aquí el axioma enunciado al final de la regla: toda voluntad propia es carnal y proviene del cuerpo.
Esto no supone un repudio maniqueo del cuerpo, formado por  Dios, redimido por Cristo y destinado a la resurrección, es fundamentalmente bueno y la responsabilidad de las faltas  de las que es instrumento incumbe al alma que es su dueña.
Con estas premisas, ha señalado frente a la voluntad divina, esa voluntad  humana contraria a Dios, y siguiendo a Basilio y a Casiano, llama voluntad propia.

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