228.- De la obediencia. (5)

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Hoy día, dada la proliferación  de estudios y diversos enfoques desde los que se considera la obediencia, resulta un tanto difícil hablar sobre la misma teniendo en cuenta todos sus matices.
Vamos en primer lugar exponer lo que la RB dice sobre la misma, para ver después  lo que la Iglesia enseña en el PC 17 y algunas reflexiones que a este propósito se han hecho posteriormente. Todo para mejor poder vivir la espiritualidad de la obediencia monástica dentro del contexto actual eclesial.
En cuanto a la etimología, vemos que las lenguas indogermánicas y las semíticas, el concepto de obediencia se deriva oír. Y significa  siempre la disposición de escuchar al otro, para hacer su voluntad. Escuchar y obedecer proceden de la misma raíz etimológica. En latín “ob-audire” y “obedire” son dos vocablos muy próximos  y en la literatura cristiana  ambos están relacionados con la raíz hebrea “shma”, cuyo sentido primario es escuchar y el secundario obedecer.
Atender a lo que se dice y ponerlo por obra es el sentido de obedecer y de obediencia en muchos pasajes tanto del AT como del NT.
En realidad la religión de los judíos se resumía en este concepto de obediencia: escuchar a Dios y cumplir sus deseos. Era la religión de obediencia a la revelación de Dios.
El culto a Dios consistía esencialmente en la obediencia, y la esencia del  pecado en la desobediencia a la voluntad de Díos manifestada en los mandamientos, en los demás términos de la alianza y en los profetas.
El NT señala con gran vigor el valor esencial de la obediencia. La vida de Jesús, tal como la presentan los sinópticos  y la interpreta  S. Juan y S. Pablo, no es más que una historia de obediencia  total prestada a la voluntad del Padre, que le señala el camino de la Pasión, de la cruz, de la muerte afrentosa. Jesús acepta todo plenamente por pura obediencia al Padre. Una entera conformidad con la voluntad de Dios, cuyo cumplimento recomienda insistentemente en su predicación. No basta acoger su mensaje, sino que es preciso  obrar cumpliendo la voluntad de Dios tal como Jesús la manifiesta. No basta decir Señor, Señor, sino que hay que cumplir el designio del Padre del Cielo.
El valor cristiano de la obediencia es puesto de relieve sobre todo por S. Pablo. Toda la obra salvífica de Jesús, la resume según Fil.  2, en su muerte como acto de obediencia al Padre. La obediencia de Jesús es el fundamento de la redención (Rom 5, 19)
Con su manera característica, Juan no  se muestra menos enérgico que Pablo, al resaltar la obediencia de Jesús. En su evangelio vemos que Jesús dice que no ha bajado del cielo para hacer su voluntad, sino la del Padre que le envió. (6,38) En la obediencia de Cristo  radica su grandeza al no hablar  por iniciativa propia, Dios habla en él (3,34)
La obediencia ocupa por tanto una posición clave en la historia de la salvación. Los Padres de la Iglesia no dejaron de señalarlo con gran insistencia.
Esta espiritualidad de la obediencia adquirió un eco grandioso sobre todo en los monjes. Los primeros Padres del Desierto, enseñados por la experiencia llegaron a dos conclusiones  de trascendencia incalculable.
Primera, que sin la abnegación propia, no se llega a un verdadero acatamientote la voluntad de Dios y segundo, que la abnegación consiste esencialmente e ineludiblemente en la renuncia a la propia voluntad, que es como un “muro de bronce”, que separa al hombre de Dios. El servicio del monje es la obediencia asegura Hiperiquio.
Obedecer a Dios, a la Escritura y a los Padres del monacato, obedecer a los hermanos y de modo particular, si se vive en soledad obedecer al propio anciano, o si en comunidad, a la regla y al superior.
De este modo se va elaborando poco a poco, el concepto  de obediencia religiosa.
Los legisladores y padres del primitivo cenobitismo (S. Pacomio y S. Basilio) no se muestran menos  exigentes respecto a la obediencia que los padres espirituales de los ermitaños con sus famosos y tremendos mandatos, orientados únicamente a promover el progreso espiritual de sus discípulos mediante  la más radical renuncia a la voluntad y al juicio propio.
Sea cual fuere el concepto de autoridad cenobítica, Basilio requiere en los hermanos una obediencia  universal y sin condiciones.
En un  idioma evangélico expresa este radicalismo cuando escribe: “Es preciso  someterse hasta la muerte por una pronta y exacta obediencia a la orden del Superior, incluso si exigiera cosas imposibles. Recuerda a este propósito  el ejemplo de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz. Y en otro lugar dice: Aquel a quien se impone un trabajo superior a su capacidad, no debe resistir   en modo alguno, pues no hay para la obediencia más límite que la muerte.
Con este fondo bíblico y monástico, tenemos que  situar  el concepto de obediencia que expone la RB.  La importancia que le da se manifiesta en que dedica tres capítulos a este tema, 5, 68, y 71. Y por la frecuencia como la nombra en todos los lugares, de modo que la obediencia constituye el eje del itinerario  monástico.  Pero la lectura  del cap. V de la obediencia, produce cierta  decepción.
Dada la importancia del tema, parece que debería  contener una doctrina metódica y bien fundamentada en la razón y en la Escritura. Pero en el presente caso, como en otros notables, la RB rehuye las teorías y se limita a hacer una especie de consideración de las cualidades de la obediencia, una rápida referencia a los textos bíblicos en los que apoya  y unas breves notas sobre su naturaleza.
Así es la división de este capítulo: obediencia pronta y sus motivos (1-9) Descrición de la obediencia y justificación bíblica principal (10-13) Otras cualidades de la obediencia, con un  excursus sobre la carcoma que la destruye y que  supone la murmuración

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