408.- De los que se equivocan en el oratorio. 45

publicado en: Capítulo XLV | 0

En la espiritualidad benedictina emergen continuamente dos constantes. Primero, la oración comunitaria es central para la vida y segunda, que se haga lo que se haga, debe hacerse bien. Por tanto no preparar la oración, orar mediocremente, con descuido, leer la Escritura sin cuidado ni sentido, es herir el corazón mismo de la vida comunitaria. Y socavar la vida espiritual de la comunidad es una falta seria que no debe tolerarse.
El monje hace profesión de buscar a Dios, de servirle por amor, de vivir para El. Y el amor no distingue entre pequeñas y grandes faltas. Es la búsqueda de nosotros mismos la que hace esa distinción, ya que consideramos más el castigo, que la ofensa a Dios.
A medida que crece el amor, damos más importancia a las faltas y crece también el deseo de repararlas. Tendiendo a la perfección, se ve toda imperfección como un enemigo con el que no se quiere hacer paces.
El Oficio es la obra de Dios por excelencia. El Espíritu Santo declara maldito el que cumple la obra de Dios con negligencia.
Sin duda que nuestra limitación humano es incapaz de una atención indefectible, pero hemos de examinar a ver si esta debilidad proviene de nuestra poca fe.
Equivocarse en el Oficio sobre todo cuando se actúa como solista ocasiona una distracción en la comunidad orante y que por lo tanto es una falta de caridad para con los hermanos. Según S. Pacomio es una “negligencia”, según Casiano, una falta leve que debe inmediatamente repararse mediante una pública penitencia.
La RB también exige una satisfacción inmediata y pública por estas faltas debidas a la negligencia. Y dispone que si no quiere humillarse por esta negligencia, sea sometido a un mayor castigo. No se especifica ni el castigo ni la satisfacción humilde voluntaria. Probablemente consistía en postrarse en tierra.
Los Usos de la Orden inspirados en este capítulo de la Regla, disponían una serie de satisfacciones por las equivocaciones en el coro, que han estado en vigor hasta recientemente.
Añade S. Benito que por esto, los niños deben ser azotados. No por
I             por equivocarse, sino por no humillarse para satisfacer por su equivocación. Esto hace suponer que los adultos que no querían satisfacer, eran excomulgados, ya que sabemos que los azotes sustituían a la excomunión como castigo medianil, de aquellos que no podía comprender el alcance de la excomunión.
Como ya he indicado en ocasiones parecidas, aunque no esté en vigor la letra de este capítulo, el espíritu que encierra esta letra debemos de cuidar, ya que si no ponemos interés, podemos estar orando sin atención, mediocremente

Dejar una opinión