406.- No comer fuera de las horas.

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Nadie se atreva a tomar nada para comer o beber antes o después de las horas señaladas. Mas si el superior ofreciere  alguna cosa a alguno y no la quiere aceptar, cuando luego  desee lo que antes rehusó no recibirá  absolutamente nada hasta que no haya dado la conveniente satisfacción. (43,18-19)

Aprovechando la ocasión  de haber tratado de la puntualidad en la comida, añade S. Benito una nota que no tiene que ver nada con el  tema del capítulo.  Al parecer, revela en su última parte alguna experiencia desagradable.
Nadie “se atreva” es el verbo usado por S. Benito para indicar las extralimitaciones de los hermanos.
Uno de los vicios que más deshonra al cristiano y más en concreto al monje, es el de la gula, pues sin aparece importante o grave, mina en la vida espiritual todo lo que la gracia da. Cuando la gula lleva a buscarse comida y bebida fuera de las horas, se pierde la libertad espiritual.
Hay que estar en guardia contra este vicio que multiplica sus tentaciones en una vida de renuncia. Debemos combatirlo tanto más, cuanto se contrae y desarrolla más fácilmente, hace más estragos y es difícil de curar. S. Basilio dice:”He visto toda clase de enfermedades espirituales en los religiosos y todos han podido curarse. Una sola he encontrado incurable, y es la costumbre de comer y beber fuera de hora”.
Cierto que los conocimientos actuales indican cómo la bebida no es un capricho, sino una necesidad de nuestro organismo que tiene que ser satisfecha para el buen funcionamiento del organismo. No es por darse  un placer por lo que se bebe, cosa que en algún tiempo se veía  y observaba  hasta límites  exagerados que no comprende nuestra mentalidad actual. La gran mortalidad que se daba entre los monjes de la Trapa y que se siguió dando en nuestra comunidad de Santa Susana, se debía no tanto a la falta de comida, sino más bien a la falta de bebida. Morían de sed, me comentaba un investigador en una conferencia.
Tenemos que tener en cuenta que según los horarios solamente entraban en el refectorio los días de ayuno, que eran la mayoría del año, una sola vez al día y en cuaresma ya muy tarde. Por tanto una sola vez  al día podían beber en esos días. Por otra parte, la comida que no tenía condimentos, para que fuese algo más sazonada, se excedían en la sal. En la crónicas de Sta. Susana se cuenta como en cierta ocasión uno de los Padres fundadores, estando muy agotado por la sed, pidió al abad D. Gerásimo, le permitiese beber un vaso de agua. La contestación que recibió fue: “ciertamente eso que será bueno para tu cuerpo, sería perjudicial para tu alma”.
Realmente S. Benito en este capítulo no solamente trata de la comida, sino también  de la bebida, y por tanto incluye el vaso de agua.
En varios lugares de la regla, recomienda al abad que tenga en cuenta la debilidad de cada uno y conceda la alimentación que sea necesaria.
El espíritu de la regla es por tanto que expongamos nuestras necesidades ante el superior y tomemos lo que se nos ofrece.  Y no olvidemos que hay tantos millones de seres humanos que carecen de alimento e incluso de la bebida, así como aquellos otros que por razón de estética, para guardar la línea, si privan de comer fuera de las comidas.
Cuando sentimos necesidad, nos tiene que mover a recurrir con humildad y sencillez a exponer nuestra necesidad, teniendo en cuenta que nuestra naturaleza, cuanto más se le da, más reclama.
El último párrafo de este capítulo manifiesta como en el pensamiento de S. Benito, la verdadera penitencia no consiste en la abstinencia, sino en la obediencia. Y por eso castiga del mismo modo tanto al que come fuera de las comidas como al que rehúsa tomar lo que pudiera ofrecerle el superior. Comer y beber por obediencia es una virtud, mientras que abstenerse por propia voluntad es un vicio. Esto hemos de tenerlo muy presente sobe todo en casos de enfermedad. Pero también en salud debemos ser sencillos y aceptar aquello que se nos ofrezca, aunque no lo creamos necesarias, ya que S. Benito no hace distinción entre cosa necesaria o innecesaria que se nos pueda ofrecer.
El atrincherarse tras la regla de la abstinencia, del ayuno, para no obedecer, sería dar una clara prueba de que no sabemos lo que es la mortificación.
S. Bernardo, tan austero, ¿no llevaba a veces a sus novicios algo de comer animándoles a tomarlo, diciendo:”Surge et comede, grande tibi resta via”?

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