404.- Razones teológicas para la puntualidad.

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Nada se anteponga por tanto a la obra de Dios. 43,3

En marzo de 2004 publicó la revista Liturgia y Espiritualidad un artículo del P. Gerardo de S. Isidro sobre el aspecto teológico de la puntualidad, cuyo resumen presento.
El  diccionario define la puntualidad como el cuidado y diligencia en el hacer las cosas  en su debido tiempo, sin dilatarlas. Puntual es el que es pronto, diligente y exacto en la ejecución de algo. Se dice de lo que se realiza o cumple a la hora o plazo convenido.
En el ámbito de las relaciones personales se ha llegado a escribir que la falta de puntualidad es un mal social extendido por todas partes, casi se ve como parte de la cultura de algunos países. Y para algunas personas es algo que pertenece ya a su personalidad. Lo ven tan natural que ni tratan de justificar su falta de responsabilidad. (En el C.G. de 2005 el autobús que tenía que llevarnos al aeropuerto llegó con hora y cuarto de retraso, los japoneses no se lo explicaban pues para ellos retrasar cinco minutos es algo de lo que hay que pedir excusas)
En la RB tenemos el capítulo 43 que hace referencia a este tema. Este texto de hace 15 siglos, tiene todo su vigor aún hoy en su espiritualidad no en los detalles, en la vida benedictina.
Por muchos detalles de la Regla, le han hecho ganar a S. Benito la fama de hombre práctico y realista y por ello es comprensivo y acogedor según el espíritu de las bienaventuranzas. Así dispone que el salmo 94 de vigilias se canta muy despacio para dar lugar a la llegada de los somnolientos.
En algunas ocasiones por razones muy humanas es inevitable el no estar a la hora en la celebración litúrgica Pero hay otras causas no justificadas que ocasionan nuestros retrasos, por más advertencias que se hagan a este respecto, y que incluso comprendiendo que la falta de puntualidad no hace bien a nadie.
La razón de más peso espiritual para ser puntuales a la celebración litúrgica está en  el párrafo 3 de este capítulo:”Nada se anteponga a la Obra de Dios”.Cuanquiera que sea el trabajo, hay que dejarlo  dada la importancia que S. Benito da a las celebraciones litúrgicas.
Cristo es el centro de la vida del monje, lo llena todo. Se le ve en los enfermos, en los huéspedes, en el abad. Desde esta primacía y buscando una lectura actualizada del capítulo 43, podemos proponer como razón teológica de la puntualidad a los oficios, uno de los que podemos llamar, temas fundamentales del Vat.ll y tema central de la cristología litúrgica:  presencia del Señor en la comunidad cultual.
Tanto en el monacato antiguo como en los Padres de la Iglesia no encontramos una teología sobre la presencia de Cristo en la liturgia, o sobre la presencia del Señor en la comunidad celebrante.
La reflexión sobre esta presencia comenzó con el movimiento litúrgico renovador. Esta doctrina está recogida en la encíclica Mediator Dei  y el SC del Vat.ll.  Hoy se continua esta reflexión teológica, siendo todavía actual en la teología litúrgica la presencia del Señor, en relación con su misterio Pascual, que nació  por la intuición de O Casel sobre la presencia de Cristo en sus misterios.
Si Cristo está presente en la Iglesia en su misterio Pascual en todas las acciones litúrgicas, comunicándoles su misma vida, toda vida cristiana es una experiencia de comunión con Cristo mediante los signos sacramentales que nos identifican con El y su misterio.
El primer signo sacramental de Cristo presente y comunicativo es la Iglesia reunida en asamblea litúrgica y que da sentido a los demás signos sacramentales. Esto supone un encuentro interpersonal de Cristo con sus miembros. Hay que tener en cuenta que potenciar la presencia de Cristo en la comunidad no supone disminuir el sentido de la presencia eucarística.
En la Ordenación General del Misal se afirma que Cristo está realmente presente  en la asamblea congregada en su nombre. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. “Esta también presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos”. SC 7
La Comunidad reunida en nombre del Señor es ya presencia viva del Resucitado. El elemento sacramental es muy humano y frágil: somos nosotros con nuestro trabajo y prisas, los que formamos la asamblea, sacramento de Cristo presente y operante. Este encuentro y comunicación se da en el amor, construyendo continuamente la comunidad y esto es una tarea de todos.
 Desde el mismo inicio de la celebración litúrgica hay que hacer iglesia, junto con los hermanos y con  uno de ellos, el celebrante principal, que representa a Cristo cabeza en medio de los suyos. La comunidad es por tanto auténtica iglesia.
Tan pronto como se ha oído la señal, dice S. Benito. O sea que es una llamada en fe, expresada  a veces con un signo, como el de las campanas. Y comenzar todos juntos no es algo meramente práctico o funcional. La puntualidad crea el arte de saber empezar, y nuestra presencia afecta ya a la naturaleza intrínseca de la iglesia. Nos reunimos y formamos el cuerpo de Cristo. Hay algunos medios que nos ayudan a vivirlo, como son los ritos introductorios.
Hay que saber traducir la rica teología de la comunidad que se reúne  en asamblea, en signos y gestos que afectan a todos los presentes.  Y la puntualidad expresa adecuadamente que conocemos y vivimos esta realidad teológica.
La presencia de Cristo en la asamblea  debe de ser vivida en fe, esperanza y amor, para responder a la invitación de comunión con el Señor que está presente en la asamblea desde el mismo inicio de la misma
La asamblea morada del Espíritu o Cuerpo del Señor simbolizado por la comunidad celebrante no debe estar mutilada por la ausencia de los impuntuales.
Nuestra sensibilidad comunicaría debe llegar a temer que no  sólo la propia ausencia injustificada, sino también la tardanza, la falta de puntualidad, puede empequeñecer el Cuerpo de Cristo, o sea, disminuye la fiesta y la comunión fraterna. Y por tanto también debilita la fuerza testimonial Pascual de toda celebración por causa de nuestro no saber empezar bien, o sea con nuestra falta de puntualidad

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