393.-Moderación en la comida.

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Nada hay más opuesto a todo cristiano como la glotonería, como dice Nuestro Señor: Andad con cuidado no se embote el espíritu con los excesos. 39, 8-9.

Después de precisar la cantidad de alimento que conviene a cada uno, según necesidades y que el abad puede aumentar según las circunstancias, S. Benito recuerda las palabras del Señor:”Cuidado no se embote el espíritu con los excesos.”
Si todo cristiano tiene que evitar  la intemperancia, con mayor razón el monje. Si las gracias contemplativas no son lo abundantes que debieran, una de las razones es por alagar más de lo debido al cuerpo. Sta. Teresa dijo que alma regalada no progresa en la oración. Y un apotema de los Padres dice:”Dame sangre y te daré espíritu”.
¿Cómo  poder encontrar a Dios en la oración con un estómago sobrecargado, un espíritu pesado, un  corazón esclavo de sus apetitos?
La moderación es muy eficaz para abrir el camino a la contemplación. Cuando vienen a la hospedería un grupo que quiere hacer yoga, piden una comida ligera para poder después tener facilidad para la meditación.
Hay que huir de los excesos de una y otra parte. La virtud se encuentra entre los dos extremos. A lo que tendemos es a la unión con Dios por una vida de oración. La alimentación y el ayuno no son más que dos medios para usar con prudencia. Si tenemos que cuidar no caer en la intemperancia, que nos impide la oración y encuentro con Dios, también hay que evitar unas privaciones excesivas que fatigan el estómago, debilitan el cuerpo y hacen que el espíritu no pueda ocuparse en pensamientos serios.
El cuerpo debe tener lo necesario y contentarse con lo necesario. Este es el espíritu de Benito.
Tanto en la RM como en la RB la continencia en los alimentos no  es objeto de teoría. Es tan claro que el monje debe practicar el ayuno y  la abstinencia, que por ser una evidencia, no necesita  justificación.
Tanto del ayuno  como de la castidad, S. Benito se limitan a decir que deben ser amados, ya que son compuestos esenciales de la vida monástica.
S. Benito es aún hoy un maestro en encontrar los valores fundamentales sin hacerse esclavo de formulas concretas, se hace eco de la sabiduría tradicional subrayando los conceptos de amor y convencimiento personal con las que han de ser asumidas las fórmulas de ascetismo. Recordemos algunas:
Amar el ayuno, 4,13; amar la castidad, 4, 64; obrar  no ya por temor al infierno sino por amor a Cristo. 7,60; El  que necesite menos, de gracias a Dios y no se entristezca, 34,3; Que cada uno por encima de la medida que tiene prescrita, ofrezca voluntariamente alguna cosa a Dios con gozo del Espíritu Santo. 49,6. Esperamos no tener que establecer nada áspero, nada oneroso, pero si alguna vez, requiriéndolo una razón justa, debiera disponerse algo más severamente con el fin de  corregir los vicios y mantener la caridad, Pról. 46-48.
Todos estos consejos corresponden a una convicción y conducen a una vida coherente  de entrega a Dios y atención a los demás. No son fórmulas rebuscadas, sino que brotan de la vida cotidiana.
El ascetismo sin este espíritu que recomienda  S. Benito, puede crear un tipo de hombre mezquino, centrado en sí mimo, angustiado o tal vez satisfecho de sí mismo, poco comprensivo y que censura a los demás. En cambio el tipo de monje que se va formando en la esuela del divino servicio, es un monje  hecho de madurez en el amor, de gratuidad y confianza. En un monje así, la austeridad de vida, la sobriedad, no será nunca una caricatura del propio esfuerzo, incapaz de superarse a sí mismo, sino la expresión de un amor y una libertad que nacen desde dentro y que necesitan  expresarse  en un estilo de vida parecido al de Jesús, libre de servidumbres, atento a los demás, atento a la venida del Reino. 

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