392.- La ración de comida. 39

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El capítulo 39 presenta una generosidad y confianza que se opone a una tradición de ascetismo severo y exigente. S. Benito nunca resta la comida a la comunidad. Al contrario se preocupa de que la comida sea abundante, sencilla y agradable. Se trata de monjes que trabajan duro y necesitan energía para hacerlo  y paz para orar.
No le gusta a S. Benito tener que determinar ciertas cosas,  así lo confiesa claramente en el capítulo sobre la tasa de la bebida. Y da la razón de su perplejidad y disgusto. Cuando se trata de la comida, comienza con estas significativas palabras: “Pensamos que basta”. Se nota su vacilación, finalmente tiene que decidirse “ergo”. Más adelante dejará la puerta abierta para las excepciones que dejará una vez más  a la discreción del abad.
En el monasterio hay tres mesas: la de la comunidad,  la de los servidores de cocina y del lector que comían después que la comunidad y  la del abad con los huéspedes.
 Es posible que S. Benito se refiera a estas tres mesas cuando dice que a su juicio basta a todas las mesas para la comida de cada día, sea o no día de ayuno, dos viandas cocidas en atención a las diversas complexiones.
Pero más probable es que aluda a las diversas mesas  en las que se sentaban los hermanaos, demasiado numerosos para ponerse todos en una sola mesa.
Sea de esto lo que se quiera, lo importante es caer en la cuenta de la preocupación dietética que revela  la RB cuando ofrece a los hermanos  como plato principal, no una sino dos viandas cocidas. Sin duda los que gozan de buena salud podían comer de ambas. Pero si alguno no le hacía bien alguna de ellas, podía  resarcirse tomando más de la otra.
Se nota aquí como en otros pasajes de la RB, la preocupación por las personas, por las diversas complexiones.
Un tercer plato se podía añadir a los anteriores, si se disponía de fruta o legumbres tiernas, que los italianos del sur, hoy como entonces, suelen comer crudas. No se trata pues de hortalizas, sino de legumbres propiamente dichas. Frutas o legumbres tiernas  constituían el postre de la frugal refección. Un postre no siempre seguro.
Una libra de pan completa la comida, tanto si era díada ayuno y por lo tanto había una sola comida, como si había comida y cena por no ser día de ayuno.
La RB alude a la cena, pero no explica en qué consistía. Solo dice que el mayordomo debía  guardar la tercera parte de la ración de pan para ponérsela a cada monje en la cena.
La cena, según el Maestro se componía esencialmente de un plato crudo como el que servía de postre al mediodía, sin excluir los restos de las viandas cocidas.
Tal era el régimen normal. Había extraordinarios, que el  Maestro también admite. Los domingos y las fiestas, con ocasión de ciertas visitas, el abad podía mandar añadir a lo habitual algún elemento festivo. S. Benito admite solamente tales suplementos cuando el trabajo ha sido mayor que el ordinario y si el abad lo cree conveniente. Y a renglón seguido, citando la Escritura, dice: “Si nada hay tan contrario al cristiano como la glotonería, con tanta mayor razón deben evitar los monjes los excesos de comer, no vayan a indigestarse. La discreción  del abad, como en tantas otras ocasiones, tiene la última  palabra.
Cierra el capítulo dos ordenaciones restrictivas. La primera referente a la ración de los niños, que debe ser menor que la de los adultos, lo que es perfectamente razonable, y no desvirtúa en nada el trato favorable que la RB quiere que se les dispense en cuanto a la alimentación.
La segunda disposición concierne a todos los monjes a excepción de los enfermos muy débiles. Excluye con la mayor energía de la dietética regular el consumo de carne de cuadrúpedos.
Esta prohibición tan absoluta cierra en capítulo el que predomina, si no la severidad, si el sentido de sobriedad. La “parcitas” que debe guardarse en todo. v.10. 

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