389.- El lector de semana.

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En las mesas de los hermanos nunca debe faltar  la lectura, pero  no debe leer el que espontáneamente coja el libro, sino que ha de hacerlo uno determinado durante toda la semana comenzando el domingo. 38,1.

Según Casiano, la costumbre de leer en la comida proviene no de los monjes egipcios, sino de los capadocios. (Inst.4, 17). Probablemente  es S. Basilio el que la introdujo. S. Pacomio la desconocía. Lo cual no quiere decir que los monjes pacomianos no practicasen el silencio en el comedor.
De hecho, la mesa donde los monjes se reúnen para tomar juntos el alimento, es después del Oficio Divino, uno de los lugares de más intensa significación comunitaria. Siguiendo la más antigua tradición, los hermanos comen en silencio absoluto. Y S. Benito ordena:”La lectura nunca debe faltar”. Es innegable que la comida de los monjes con una bendición cantada y una acción de gracias  conclusiva, adquiere  un carácter casi litúrgico y ritual.
Por ello, S. Benito pone al comienzo de este capítulo,  una máxima:”En las mesas de los hermanos nunca debe faltar lectura”. El servicio de tipo espiritual que presta el lector completa el servicio corporal de los servidores, porque conforme a la mejor tradición cenobítica, al mismo tiempo que se satisface la necesidad del cuerpo, se nutrían los hermanos de un manjar espiritual.
El Maestro nos proporciona un comentario a la frase inicial, bien troquelada  pero un tanto seca. “El alimento divino no debe faltar en la comida carnal, pues dice la Escritura: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. De este modo los hermanos comerán doblemente, comiendo con la boca  y alimentándose por los oídos”.
El Maestro pone esta frase después de describir el orden semanal de los lectores, con el que comienza su capítulo. S. Benito apenas cita este orden.
Vemos como el lector debe permanecer en funciones una semana entera, comenzando el domingo, pero no dice el  modo de ser designado. Solamente en una frase final del capítulo de la RB indicará las cualidades requeridas para hacer la lectura.
El Maestro comienza con estas cualidades que marcan el orden semanal. Por tanto las dos reglas tratan de estas cuestiones iniciales en orden opuesto. El Maestro comienza indicando el orden semanal y continua  por el principio de la lectura  perpetua.  Benito  comienza por el principio de la lectura perpetua y a continuación señala la función del lector semanal.
Esta diferencia  de orden se ve claro en las dos reglas y muestra claramente la dependencia de la RB de la RM.
La falta de motivación de la lectura perpetua  por parte de Benito  le diferencia del Maestro. Si la lectura no debe faltar nunca de la mesa, es porque los hermanos deben  alimentarse doblemente, comiendo y escuchando, citando las palabras del Señor al Tentador en el desierto.
Puede sorprendernos esta falta de motivación, pues tiene en si un elemento de alta importancia.
La doble refección, no es  algo inventado por el Maestro. Ya  lo había establecido Basilio, que lo encuentra en Agustín que es el  que lo trasmite a occidente.
S. Agustín  en la regla de los monjes dice que:”no solamente tienen que alimentarse con la boca, pues vuestros oídos también tienen hambre  de la palabra de Dios”
En la regla masculina de Cesáreo se cita la palabra del evangelio acompañada de un doble comentario que se inspiran en la frase agustiniana. En la regla femenina se contenta con recopilar a S. Agustín.
Por todo esto se ve  que la RM se sitúa en esta tradición.
Actualmente en algunos monasterios benedictinos, la evolución postconciliar que ha fomentado las relaciones interpersonales,  ha planteado la cuestión de ¿fidelidad estricta a la tradición monástica recogida por S. Benito, o recuperación de la tradición bíblica y humana de que el momento de la comida familiar sea el momento privilegiado de  encuentros y de intercambio fraternales?
No podemos olvidar  que el mismo Jesús nos dio la Eucaristía durante una cena festiva.
La experiencia de los últimos años demuestra que tanto el uso tradicional, como la fórmula innovada presentan valores evidentes  de modo que muchas comunidades han adoptado por soluciones combinadas, a base de reservar un tiempo a la lectura, seguido de otro tiempo de libre comunicación, sobre todo los días de fiesta.
La lectura da una dimensión de comunión de fe de todos los que escuchan la palabra de Dios. En las comunidades pequeñas, donde se ha suprimido totalmente la lectura, la experiencia enseña  el peligro de caer en una cierta falta de significación, incluso de vulgaridad, en las conversaciones, ya que entre personas que conviven  juntos y trabajan unidos  muchas horas, se dan momentos más apropiados que en la comida, para una conversación provechosa.

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