388.- Los ancianos y los niños. 37.

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Un día más vamos a reflexionar sobre el capítulo 37, prestando especial atención al anciano ya retirado de la vida de comunidad bien en parte, bien en su totalidad, marcado más que por los años por su situación de impotencia física.
               Ya hemos visto como S. Benito quiere un trato particular para con los ancianos y los niños.
Ante estos monjes que necesitan más ayuda y comprensión, hay que desarrollar una pedagogía comunitaria inspirada en el capítulo 72, del “Buen celo”. Esta pedagogía se puede sintetizar en tres puntos.
Primero, la capacidad de conmoverse ante la persona que sufre debido a las limitaciones de la edad. No pasar de largo:”Cuando lo vio, se compadeció, se acercó a él, le vendo las heridas después de untarlas con aceite y vino, y se ocupó de él” Luc 10, 33-34.Hay una manera de preocuparse de los ancianos impedidos que consiste en procurar que nos les falte nada, para tranquilizar la  propia conciencia, pero se les abandona en su soledad. Es necesario detenerse y tener un interés auténtico por cada hermano.
Segundo. Tanto el anciano, como la comunidad tienen que tomar conciencia de que su vida es útil. Más que ningún otro es un miembro eficiente, no marginado, porque realmente está en el corazón de la comunidad, en el corazón de la iglesia. Sin despreciar los trabajos concretos que pueda realizar, hay que valorar sobre todo su vivencia como monje, su ejemplo, su oración. Incluso su simple presencia es una gracia para la comunidad.
En tercer lugar recordar, no por un cálculo egoísta, sino para despertar el auténtico amor,  que si vivimos sin preocuparnos de las necesidades del hermano,  lo mismo sucederá mañana con nosotros. Recordemos la frase de Mateo 7,12. “Por tanto todo cuanto queráis  que os hagan los hombres, hacérselo también vosotros”.
Pero por encima de estos tres puntos que hemos llamado pedagogía comunitaria, está el espíritu de Jesús que trasforma al monje anciano, impedido, enfermo.  En medio del sufrimiento y decepciones, le hace vivir la experiencia de Dios por la fe. Una vida en paz y esperanza teologal que sobrepasa todo esfuerzo psicológico o de equilibrio humano.
La experiencia  enseña que el espíritu de Jesús nos trabaja y a través del sufrimiento, nos libera de los egoísmos y nos despierta nuevamente a la  vida auténtica.
Teóricamente sabemos muy bien que la única cosa que puede dar sentido a la vida es el amor:”Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón,  con toda tu alma, con  todas tus fuerzas y toda tu mente, y ama al prójimo como a ti mismo”. Lc 10,27.
A veces el vivir cotidiano con sus anécdotas e ilusiones, distrae al monje joven de esta realidad única. A veces surge  la sospecha de que la búsqueda de Dios es una pérdida de tiempo, sentimentalismo falto de eficacia o misticismo trasnochado. O en cierta época  el monje joven pasa por unos momentos de  descubrimiento ingenuo, de ciertas dimensiones humanas que tenía olvidadas,  y con una autocrítica frívola empieza a juzgar la opción monástica como aburguesada o ritualista, alejada de la realidad. Y todo esto puede ocasionar un desencanto e incluso una sensación insuperable de fracaso.
Así puede pasar el tiempo gastando las energías en unas actividades que no acaban de llenarle, y en algunos momentos se hace más consciente de su engaño. No era esto lo que había venido a buscar en el monasterio.
Pero  Dios no abandona nunca y es fiel en el amor. El espíritu continúa su labor sirviéndose de toda clase de  instrumentos como la enfermedad o el envejecimiento. Se convierten en una nueva llamada hacia en núcleo  donde el monje tenía que vivir siempre. Entonces es cuando cambia, cae en la cuenta que amar a Dios con todo el corazón con toda el alma y con todas las fuerzas, no ha sido como una bella fórmula, sino para ser vivido con una vida intensa de comunión con Dios y con los hermanos.
    Una comunión que lo impregna todo, que lo ilumina todo. Comienza a vivir en pleno pulmón sin preocuparse de los temores y sospechas que antes  le corroían el gusto de vivir. Admite las ambigüedades y fallos que se dan en toda  vida humana, pero sabe comenzar  nuevamente cada día convencido que el espíritu de Dios es más fuerte que todas las miserias del hombre. Vive confiado porque ha asumido todas las consecuencias de  su pobreza radical y no tiene miedo a perder nada. Ahora la oración no es una obligación para determinados momentos  sino el clima  habitual de quien ama y se siente amado.
Realmente los monjes ancianos que así han sido fieles al Espíritu Santo se convierten en una fuente de gracia y dinamismo para toda la comunidad.

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