387.-Los ancianos y los niños. 37.

publicado en: Capítulo XXXVII | 0

En todo monasterio existe la enfermedad de la vejez, y también en tiempo de S, Benito y en otros tiempos más recientes, también estaban los niños. De ambos trata este capítulo 37 que es como una nota o apéndice del anterior. Pero una nota llena de humanidad y ternura, de piedad. Ella nos revela  una vez más el corazón de S. Benito, el espíritu que tiene y quiere trasmitir a sus hijos.
Que la  naturaleza humana está inclinada espontáneamente a  considerar con benevolencia a los ancianos y niños, es un hecho de experiencia diaria. Toda persona bien nacida siente propensión a  la indulgencia  para con estas edades extremas de la vida. S. Benito se limita a comprobarlo.  En realidad, parece decir, no sería preciso  legislas sobre este punto, pero sin duda la experiencia le ha enseñado que la humana naturaleza sufre  en ocasiones deformaciones. Una de ellas es la que suele afectar a ciertos temperamentos ascéticos, rígidos, excesivamente celosos, amigos de aplicar  la regla a rajatabla a todos y en todo. Por esto, S. Benito le ha perecido oportuno que la autoridad de la regla vele también sobre los ancianos y niños.
Seguidamente formula la norma general que debe aplicarse en todo momento. “Siempre se ha de tener en cuenta su debilidad” 2.  Esto es lo esencial, el meollo de este breve capítulo.
En todo ocasión hay que ser comprensivos y tolerantes para con ellos, debido a su debilidad. Sería una verdadera injusticia  exigirles lo mismo  que a los que gozan  de la plenitud de su fuerza física y moral.
Lo que se sigue no es más que una aplicación práctica del principio que acaba de asentar. “No se les someta al rigor de la regla”, sobre la alimentación, que coman antes de las horas señaladas.
Las sutiles exégesis que intentan determinar  en qué consistía la mitigación de la regla en materia de alimentos o cómo  anticiparían las horas señaladas para las comidas parecen  bastante superfluas.
La RB no especifica adrede, como otras tantas veces  para no atar las manos a los que están encargados de cuidarles. El primer responsable es el abad, y a su discreción se encomienda  la aplicación de este gran principio: “siempre se ha de tener en cuenta su debilidad, según las personas y las circunstancias”.
S. Benito, afortunadamente es  poco explícito  y nada minucioso. Confía en la discreción de quienes moderan  el fluir de la vida de la comunidad monástica.

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