378.- Si todos han de recibir igualmente lo necesario. C.34.

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La referencia a la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén que hace  la RB en el cap. 33,  adquiere mucho más relieve en el cap. 34, que es como el complemente del anterior. Su colocación al principio del texto es significativa. El ejemplo de la comunidad de Jerusalenén un tanto idealizado, se convierte en criterio moderador del texto de la RB.
La comunidad benedictina no es una masa despersonalizada, una colectividad sin alma, donde todo está sincronizado y donde todo se realiza mecánicamente. Es un organismo vivo, donde cada miembro tiene su  sentido peculiar. Es función del abad armonizar los distintos miembros para bien del conjunto de la comunidad.
Tampoco en la distribución de lo necesario tiene que haber una igualdad mecánica, sino una valoración inteligente de las necesidades personales. También aquí da ejemplo la comunidad apostólica.
El amor es lo que preserva a la comunidad de la rigidez. El amor es la pauta  para comer, para hablar, para el vestido, para el comportamiento. El desprendimiento y el amor se unen bien y herir al amor se considera  como una ofensa a Dios mismos. Por esto si algo se atraviesa en el camino del amor hay que combatirlo y rechazarlo. Sin amor todo es vano, con amor todo es perfecto.
No se trata de hacer acepción de personas,”no lo permita Dios” dice la RB, pero si se tiene en consideración las flaquezas. Una vez más vemos como S. Benito se coloca del lado de los débiles,  más bien que inclinarse a favor de los fuertes exigiendo más y más a toda la comunidad. Quiere que ante todo se atienda a las necesidades de los menos dotados.
En este capítulo se pone a prueba la calidad de la desapropiación. Ahora se ve si su práctica es en nombre de la caridad que no busca su interés, o si la practica  movida por una actitud exigente, mezquina y envidiosa.
Aplicando el criterio de la RB en este capítulo: “el que necesite menos de gracias a Dios y no se entristezca, y el que necesite más humíllese”, nadie sentirá la tentación de compararse a los demás y juzgarlos por sus propias necesidades. “Así todos los miembros de la comunidad vivirán en paz”. (5)
Ya en el capítulo anterior se hace notar la influencia de S. Agustín y en el presente es decisiva. La regla agustiniana no se ocupa solamente de la distribución de lo necesario, sino sobre todo de las relaciones entre los hermanos. Casi todo el cap. 34 está influenciado por el vocabulario, las idea, la fina psicología  de S. Agustín. Gracias a él, la solicitud por la paz y el equilibrio de las relaciones fraternas, predominan claramente en este capítulo y encuentran una expresión justa y feliz.
La originalidad de S. Benito consiste sobre todo  en la exhortación simétrica dirigida   a los débiles:”el que necesita más humíllese por su flaqueza”, idea insinuada por S. Agustín.
Pese a todas tan equilibradas observaciones, los monjes son hombres y los hombres suelen ser envidiosos. Por eso a propósito de la desigual pero justa distribución de lo necesario, y de la desapropiación del capitulo  anterior, que forma con este como un todo,  introduce la RB  su más severa condición a esa desgracia, azote o vicio, que es la murmuración, que es cáncer específico  de la comunidad de bienes.
Con todo es justa la observación de que el mal radical no consiste tanto en la propiedad, como en la envidia que  provoca la murmuración, y que solamente la caridad puede derrotar definitivamente.
La caridad y sólo la caridad, hace “posible la utopía” de poseer todas  cosas en común según el ejemplo de la Iglesia naciente.
Puesto que el monje ha renunciado a todo voluntariamente, nunca se justifica la murmuración. La regla rechaza cualquier tipo de murmuración.
Según S. Agustín, “los murmuradores tiene un amor imperfecto, son antipáticos, molestos, pendencieros. Su forma de ser intranquila confunde a los demás. La Escritura describe a los murmuradores con una aguda expresión: “El corazón del loco se parece a la rueda del carro”. ¿Qué quiere decir esto?  La rueda solo tiene que llevar  paja y henos, pero chirría  porque la rueda del carro no puede dejar de chirriar. Hay muchos que son así, solo corporalmente viven juntos en comunidad.”(S. Agustín)

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