376.-Pobreza en el primitivo Císter.

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 Si los monjes deben tener algo en propiedad. (33)

Por lo que llevamos explicado en conferencias anteriores, el sentido profundo de la pobreza monástica, no es  fundamentalmente pasar necesidad, sino estar libres para Dios, la entrega a Dios.
Una mirada al espíritu de la reforma cisterciense, ayuda a profundizar en el sentido  de la pobreza cisterciense.
Los primeros cistercienses expresaron los motivos que les guiaba en su nuevo modo de vida benedictina, en el “Exordium parvum”. En estas  páginas vemos como la pobreza comunitaria y efectiva desempeña un papel principal en su nuevo modo de vida. “Pobres con Cristo pobre” así los describe a los fundadores del Císter.
Desde su llegada a Císter, ponen  en practica  este programa de pobreza, “porque  ni en la Regla ni en la vida de S. Benito leían que este maestro  hubiese poseído  iglesias, o altares… por esta razón renunciaron  a todo esto.” Limitan las posibilidades de riqueza por la exclusión de toda renta que no sea fruto de su propio trabajo.
Reaccionando contra algunos abusos de los monasterios de Cluny, los primeros  cistercienses buscaron la vuelta a la sencillez tal como se  manifiesta en la regla de S. Benito, e hicieron hincapié en los puntos siguientes.
En la ropa, eliminación de telas finas y de colores  expeciales, pieles, capuchas exquisitas.
En  la comida, sencillez en la cocina, sin grasas de carne.
Trabajo, esta es la clave de la pobreza cisterciense. Este trabajo quisieron que fuese productivo y por eso dieron la preferencia al trabajo manual. El trabajo intelectual, el estudio, el escribir, no eran muy favorecidos, pero tampoco condenados, aunque si lo era la poesía. La copia de manuscritos se consideraba como un trabajo manual, por ser para la utilidad de otros y en beneficio de la comunidad.
Para lo primeros cistercienses, lo primordial era que el monasterio no se mantuviera a base del trabajo de otros, por esto eran rechazadas las fuentes exteriores de ingresos, como el recibir diezmos, tener siervos, molinos públicos,  panadería. Y por la misma razón, el monasterio podía poseer busques, viñedos,  arroyos, lagunas, huertos, edificios, animales.
Sencillez especialmente en la liturgia, suprimiendo los objetos preciosos  como cálices de oro, ornamentos bordados. Y sobre todo una simplificación en la oración, gracias a la cual la pobreza pudiera entrar en sus vidas de lectio divina y de estudio.
El Císter se caracterizó por la sencillez y la ausencia de medios complicados. Es la autentica pobreza espiritual que se manifestó con estos rasgos en el exterior.
Al tratar de la pobreza espiritual tocamos algo muy cercano al corazón de Cristo:”Bienaventurados  los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”. La pobreza espiritual es la ausencia de medios complicados, tanto exteriores como comodidades, dominio sobre las personas y las cosas, refinamiento excesivo. Como interiores: una espiritualidad basada en los propios esfuerzos,  en las propias virtudes, métodos exóticos  de oración, formalismos y excesiva introspección. La pobreza espiritual es la sencillez de vida exterior e interior, llevada  por los “anawuin”, los pobres del Señor tanto del A.T como del NT y se caracteriza por fidelidad a Dios, espíritu de entrega, confianza, alegría y hermandad. Sobre todo humildad.  La Virgen y el mismo Jesús son los pobres  del Señor por excelencia, completamente dóciles a la voluntad del Padre Celestial.
La soledad es otro de los aspectos importantes de la pobreza cisterciense subrayado por el Exordium. Redujeron al mínimo necesario los contactos con el exterior, tanto por la salida de los monjes al exterior como por la entrada de la nobleza en la clausura.
Los primeros Capítulos Generales confirman las decisiones de los primeros Padres, reduciendo la decoración de los edificios, la ornamentación de los libros.
Al mismo tiempo, los maestros de la espiritualidad cisterciense enseñan los encantos y la necesidad de la pobreza. Guillermo de Saint-Thierry vilipendia  el gusto por las riquezas  de los monjes con frases que sobrepasan aún a la Apología de S. Bernardo. “Muchos se alegran de ser llamados  cristianos y discípulos de Cristo, pero se guardan bien de imitar sobre este punto el ejemplo de Cristo y de los suyos”.
Menos apasionado, pero no menos convencido, el Bto. Guerrico termina uno de sus sermones así:”Puesto que la purificación de la purísima y paupérrima Virgen nos ha conducido hoy a hablar de nuestra purificación, sepamos bien que nuestra pureza consiste ante todo en cercenar todo lo superfluo. Debemos ser celosos de alcanzar de alguna manera, no sólo por la pureza de la castidad, sino por la sencillez de la pobreza, a la madre pobre de Cristo pobre”.
Isaac de la Estrella ve sobre todo en la pobreza voluntaria, a imitación de Jesús un medio de liberarse  de una carga que impide al alma avanzar hacia el Reino de los Cielos.
Y S. Bernardo repite sin cansarse que la riqueza no conviene  a los monjes, porque ella los entrega  sin combate a los enemigos de su alma, porque es indicio de su molicie interior y una fuente de disipación, al mismo tiempo que un escándalo para los pobres. Y explica a sus monjes que el desprendimiento debe ser a la vez  real y espiritual. Les muestra el gran provecho de la pobreza para “comprar”  el Reino de los cielos. ¡Oh!  Que hermoso cambio habéis hecho de todas la cosas que podíais poseer en el mundo, porque abandonándolo todo, habéis merecido pertenecer  como cosa propia Creador del mundo, tenerlo a El mismo en posesión. Porque es cierto que él será la parte y herencia de los que le pertenecen”.   
Pero su búsqueda de `pobreza efectiva ¿no sobrepasó lo que S. Benito prescribía?  Decididos a escalar las más altas cumbres de  la doctrina y de las virtudes” decidieron interpretar la Regla según indica S. Benito en el último capítulo, es decir, según las enseñanzas de las escrituras y las enseñanzas de los primeros monjes.
Seducidos por el atractivo del don total de sí, se colocaron en la categoría de aquellos que siempre quieren hacer más en el servicio de  Cristo, su verdadero Rey. Nadie puede reprochárselo, porque era el amor quien los empujaba a reproducir en sí mismos la desnudez de Jesús  y “hacerse pobres con Cristo pobre”.
Sabían bien que la posesión de Cristo no se adquiere más que con la conformidad  con sus sufrimientos Y también sabían  que cada uno de sus sacrificios les aseguraba esta posesión de un modo más completo. De ahí por qué  Guerrico se alegraba de ver a sus monjes “pobres”, hijos del pobre crucificado. Y S. Bernardo alababa a estos hombres de buena voluntad  que, inspirados  por Cristo se han hecho pobres, de manera que abandonándolo todo por El, como El mismo lo dejó todo por ellos, le siguen por donde quiera que el va”.
Los sentimientos profundos de nuestros Padres, que deberían ser los nuestros, los encontramos magníficamente expresados en estas líneas de un teólogo moderno:”La  pobreza cristiana es un gesto que no se explica más que por Cristo. Los que más le han conocido y más le han amado, han mirado al Crucificado  y no han tenido necesidad de ver nada más. El ha querido ser pobre y ellos también lo han querido. O mejor, puesto que ellos son sus miembros y El vive en ellos, su modo de juzgar ha sido  mucho más el de Jesús que el suyo propio. La elección que El hizo al entrar en el mundo de ser pobre, El la ha continuado en ellos y ellos la han continuado en El y por El”.

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