371.- Del vicio de la propiedad.

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Hay un vicio que por encima de todo se debe arrancar de raiz en el  monasterio. (33,1)

Este capítulo, más bien corto que largo, tiene un tono notablemente severo. En realidad si hay en la legislación de S. Benito una página  radical, terminante, enérgica, vehemente, es esta. La respuesta a la cuestión  formulada, no tiene nada de serena, ni ecuánime, ni se apoya    como en  otras ocasiones, en argumentos  de la Escritura.
Sin ambajes ni paliativos, comienza el texto: “Hay un vicio que por encima de todo hay que arrancar de raíz en el monasterio.
Más que legislar serenamente sobre un punto de la observancia monástica, se trata de reformar un estado de cosas intolerable. De implantar  la perfecta comunidad de vida, cueste lo que cueste.
La ordenación de propiedad privada es uno de los temas más comunes  en las reglas cenobíticas, y en los tratados de espiritualidad monástica. Ni S. Pacomio, ni S. Agustín, ni Casiano muestran indulgencia alguna en esta materia. Solo las expresiones más virulentas de S. Jerónimo pueden compararse con este texto de la RB, que empieza por exigir la total extirpación  de este vicio y sigue  atacándolo en sus más insignificantes reductos, con los términos más enérgicos y absolutos, sin  presentar un solo razonamientos.
En la lectura de la regla, vemos como la preocupación de S. Benito al hablar de los bienes materiales  comunitarios, no es que el monasterio sea lo más pobre posible, sino que sea lo más lleno de paz.  Para que este paz monástica se pueda desarrollar,  hay dos condiciones: la solicitud mutua entre los miembros de la comunidad y el sacrificio cristiano. Lo que le interesa no es la pobreza del monasterio en conjunto,  lo que podríamos llamar pobreza sociológica, sino la pobreza ascética y personal con toda la radicalidad  que se expresa en este capítulo. Está dirigida hacia una dependencia espiritual de Cristo,  representado por el abad, y por un sentido de responsabilidad en relación con los bienes materiales y hacia la verdadera paz entre los hermanos.
La tarea del abad en esta circunstancia, es medir las exigencias de la vida común según  la capacidad de cada hermano. S. Benito espera de los monjes un sentido de responsabilidad y vigilancia personal, con una completa dependencia del abad como signo eficaz de su dependencia de Cristo.
Pero el aspecto personal, no es el único previsto por la Regla. Hay otro aspecto también  ascético orientado hacia  un sentido de responsabilidad y de paz. La comunidad en conjunto debe usar bienes de tal manera  que en todo sea Dios glorificado.
S. Benito señala aplicaciones concretas de este principio: la acogida cordial de los pobres, la venta más barata de los productos del monasterio, la posesión de terrenos y talleres necesarios para garantizar el apartamiento efectivo de la sociedad.
El aspecto comunitario reclama especial atención hoy día  a la luz de la opción preferencial de la Iglesia, por los pobres. En PC 13 encontramos el pensamiento del Concilio sobre la pobreza de los religiosos pero no es este el aspecto que en estos momentos queremos resaltar.

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