368.-Consolaciones del mayordomo.

publicado en: Capítulo XXXI | 0

 Recuerde siempre estas palabras del Apóstol: El que presta bien sus servicios se gana una posición distinguida. (31,8)

En la conferencia anterior reflexionaba sobre los peligros que acechan en el desempeño de los cargos  materiales del monasterio. Pero en el mismo párrafo, S. Benito presenta la otra cara de estos empleados, si llenan bien su misterio. Las gracias que a través de fiel cumplimiento alcanzan del Señor.
La historia es testigo que en un mismo trabajo en el mismo ambiente y  tiempo, mientras que unos religiosos se unen más al Señor y eran ejemplos de fidelidad, otro se desviaba y terminaba apostatando. Estoy refiriéndome a un hecho concreto, pero que se ha repetido en diferentes ocasiones.
En  los empleos se tiene necesidad de unas gracias particulares, pero hay que pedirlas como quiere S. Benito diciendo que no se emprenda nada sin haber orado antes con insistencia.
No siempre en los trabajos propios de estos cargos, se tiene el tiempo necesario para largas oraciones, e incluso  se hace imposible asistir  a los ejercicios regulares.
En este párrafo, que hoy comentamos, vemos como S. Benito anima  y consuela recordando que si cumple los deberes  de su cargo con celo y espíritu de fe,  por sus trabajos le llegará la gracia que  no puede pedir junto con sus hermanos.
La oración es el medio elegido por Dios para obtener todo aquello que tenemos necesidad. “Pedid y recibiréis”, pero cuando esta oración  está acompañada del sacrificio que conlleva  un trabajo, es tan eficaz como la oración de los labios.
El encargado que desempeña religiosamente su empleo, trabaja y sufre. Su trabajo y sufrimiento están vivificados por la fe y la caridad, santificados por el deseo de agradar a Dios, acompañados del sentimiento de no poderse unir a El  más íntimamente. Pero sin olvidar que para que esta oración sea eficaz, sus ocupaciones temporales  han de ser queridas por Dios y cumplidas con pureza de intención.
En el desempeño de los cargos se practican las cuatro virtudes más importantes de la vida religiosa: la renuncia, la humildad, la obediencia y la caridad. El ejercicio de estas virtudes se puede presentar en cada momento del día. No se puede dar un paso sin encontrarse con alguna de estas ocasiones y con frecuencia con las cuatro a la vez. Si aprovecha bien las numerosas ocasiones que se le presentan, no tardará en estar sólidamente establecido en la virtud.
Llenar bien su cometido lleva consigo la renuncia continua a uno mismo, para ocuparse más y más en las necesidades de los hermanos. Uno de los grandes obstáculos en el camino de la perfección es estar centrado en uno mismo hasta  llegar a tener un apego desordenado a su plan de vida. Es como si en su interior levantase una pequeña capilla y se ocupase más de los adornos de este santuario, que de  Dios que reside en él. Se atormenta y se agita cuando cree que no está todo en orden perfecto. Pero el religioso que tiene un empleo, no está tan expuesto a este estar mirándose a si mismo, y no siempre tiene tiempo en ver si todo está en orden, y a menudo comprueba  que más bien hay un gran desorden, pero si busca verdaderamente a Dios, repara todas estas miserias sacrificándose por él. Su renuncia le lleva derecho a Dios sin pasar por sí mismo.
En el cumplimiento de sus trabajos, las dificultades son mayores para acudir al Oficio, para guardar la caridad, para  hacer la lectio y la oración. Un simple  monje no tiene mucho esfuerzo que hacer para ser fiel a todo esto,  pero de muy otro modo sucede con el monje encargado de un trabajo material, y tendrá que hacer esfuerzos notables para conservar la paciencia, acudir a los ejercicios comunitarios. Esto requiere un amor más fuerte y por lo tanto sus méritos serán mayores.
S. Bernardo dice que cada vez que se priva de los ejercicios espirituales por amor a sus hermanos, da su alma por Jesucristo. Y S. Prospero dice: “este monje toma sobre si los trabajos de todos para que los demás puedan gozar de la quietud del espíritu. Es pues justo que tenga su parte de frutos en la cosecha común”.
Gracias, virtudes, méritos son los bienes espirituales que se pueden alcanzar en abundancia  por el ejercicio de los empleos temporales, si tiene el cuidado de guardar su alma. Pero hay que recordar que estos tesoros  los llevamos en vasos frágiles y que la agitación de los empleos pueden sacudirlos  y verterlo,  la infidelidad puede romperlos.

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