367.- Vigile sobre su propia alma. (31,8)

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La vigilancia sobre los lazos que el maligno pone en nuestro camino, (recordemos la visión de S. Antonio que vio el mundo lleno de lazos) es un deber de todo aquel que quiera ir sin desviarse, por la senda de la voluntad divina, siendo fiel a la vocación recibida. De una manera particular se ha de acrecentar esta vigilancia  cuando se tiene un cometido material, ciertamente impuesto por la obediencia, pero en el se corre  el peligro de realizarlo no según la voluntad de Dios, sino buscándose a sí mismo.
Así lo recuerda la capítula de Completas los martes”sed sobrios y vigilar porque vuestro enemigo, como león rugiente ronda buscando a quien devorar”. ¿Será verdad?
La armadura contra estos asaltos del mal en el desempeño de los cargos es la obediencia, a la que llama S. Benito  “fortísima alarma”.
El monje encargado de los asuntos materiales del monasterio se conservará libre de peligros si cultiva el espíritu de obediencia.
Obediencia y humildad plena a su superior, obediencia a la regla común del monasterio, permaneciendo fiel para acudir a los Oficios, a las comidas, a los ejercicios comunitarios, a menos que tenga una verdadera imposibilidad.
 El peligro comienza el día que por negligencia se dispense de los ejercicios regulares. Si queremos que la regla nos guarde, es preciso que nosotros la guardemos. “Guarda la regla y la regla te guardará”.
Obediencia en fin, a las normas particulares propias de su empleo, para que la voluntad propia no sea la que guíe su caminar. 
Un peligro que hay que estar en guardia en los empleos materiales es evitar lo que podemos llamar una “vida natural”. La costumbre de ocuparse de los asuntos materiales, el trato con las personas de negocios, puede llevar a hablar su lenguaje, y si no se tiene cuidado, terminar viendo las cosas bajo un punto de vista puramente humano, natural, sopesando solo la ventaja material, los intereses materiales como los más importantes, y conducirse así bajo unos falsos principios. Seguirá consagrado a los intereses del monasterio, pero lo hará como si fuera  un administrador secular hábil, pero no como un servidor de Dios. Y así la impureza de la motivación hace que la obra pierda gran parte de su mérito.
¿Cómo reaccionar ante este espíritu natural y mundano? Despertando  el espíritu de fe por medio de la oración frecuente, la reflexión espiritual, la lectio divina hecha con seriedad.
Puede  ser que se infiltre la idea de que sacrificándose  por los hermanos se hace más que  orando. No podremos sacrificarnos con pureza de intención si no llevamos la vida interior con seriedad. Así como no podemos vivir sin comer, así el alma  no puede conservarse si no se alimenta con una vida interior  sólida.
Quizás  el mal más peligroso es el de la disipación interior y exterior, pues no teniendo el aspecto de  un pecado determinado,  se puede deslizar con facilidad. La disipación lleva a la vida natural, y esta  encamina al pecado.  
Un examen corto y frecuente, como quiere S. Benito,”Vigilar a todas horas la propia conducta”, instrumento 48, es un buen remedio para tomar nuevo impulso en la vida interior. Hay que estar atentos para saber donde uno se encuentra pues si se quiere conservar la vocación, hay que poner todos los medios que están en nuestras manos. La historia de muchos monjes que perdieron la vocación en los diversos empleos materiales, hospederos, cillereros, secretarios… son la mejor confirmación de la importancia de esta prescripción de S. Benito: “Vigile sobre su propia alma” .

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