351. Modo de conducirse en el dormitorio.

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-Cada monje tendrá su propio lecho para dormir. Según el criterio de su abad, recibirá todo lo  necesario para la cama en consonancia con su género de vida. (22,1-2)

En la segunda parte de este breve capítulo,  S. Benito  muestra gran experiencia y mucha comprensión con la flaqueza de la naturaleza humana. Por una parte muestra la importancia absoluta del Oficio Divino, como dirá en otros muchos lugares de la Regla. Por otra sabe que no todos tienen la misma constitución física y que  no todos se despiertan del mismo modo.
Mientras que unos en escuchando la señal  ya está prácticamente despiertos,  otras se despiertan gradualmente y quedan soñolientos aún después del aseo y entrando en la iglesia.
S. Benito exhorta a los monjes a rivalizar en fervor,  cuando se dirigen al Oficio Divino, animándose unos a otros para evitar todo pretexto de negligencia, pero siempre con gravedad.
El abad proporciona lo necesario: una estera, una cubierta ligera, una manta y una almohada, según dice el cap. 55.
La frase “pro modo conversationis”  ¿qué significa exactamente esta expresión? Hemos traducido en el título de esta conferencia “de acuerdo con su género de vía”. Esto quiere  decir que los objetos propios de la celda del monje no deben desdecir de la simplicidad y pobreza de la profesión monástica.
Pero si tenemos en cuenta un texto paralelo de la Vida de S. Pacomio,  en la versión latina, “pro modo conversationis et propósiti” se denota  la diversidad de las conductas individuales en el seno de la misma comunidad monástica, y podría entenderse y traducirse “conforme a su  ascesis personal”.
La conversatio es una realidad dinámica, no estática. A cada  uno de los grados, conviene una manera de servirse de los bienes materiales. Cada uno según su fuerza y generosidad puede ponerse bajo el control del abad ciertas restricciones en algún aspecto de la vida comunitaria, teniendo en cuenta  no llamar la atención, para no caer ni de lejos en las conductas equivocadas que Jesús condena en los fariseos, “para ser vistos”.
Cada monje en el antiguo monacato, tenía su ascesis particular, y si era descubierta por otro, tenía que cambiarla, para evitar este mal que reprende Jesús en los fariseos.
Esta diversidad de observancias en el seno de una comunidad puede extrañar a nuestro  gusto de uniformidad.  Pero no por ello está menos de acuerdo con el verdadero espíritu cenobítico antiguo.
El hombre antiguo dormía desnudo. Los monjes vestido, por eso cada uno tenía dos túnicas para  poderse cambiar al acostarse, según dice el cap. 55. Y ceñidos con cinturones o cuerdas.  De este modo manifestaban externamente su espíritu de buenos soldados de Cristo, que están  siempre dispuestos para que apenas oída la señal puedan levantarse, emulándose para llegar a las vigilias, por una parte con prisa y santa emulación y por otra con gravedad y seriedad. No hay que perder nunca el equilibrio.  Esto mismo es lo que manda  tener en cuenta durante todos los demás oficios del día. Pero evitando la  disipación, que tanto daña al que cae en ella, como a los que  rodean.
Estas manifestaciones en las que insiste la Regla, muestran hasta qué punto  considera  vital la educación recíproca, horizontal, de los hermanos, cuya teoría expone en los últimos capítulos.

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