348.- De los decanos del Monasterio.

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Si la comunidad es numerosa se elegirán  entre sus miembros, hermanos  de buena reputación y vida santa  y sean constituidos como decanos. 21,1.

El comentario a este capítulo puede ser breve, ya que el mismo Benito no  les da demasiado interés. En el resto de la regla encontramos pocas referencias sobre estos “decani” o “Seniores”, pues parece que para cuando escribe Benito, han pedido la importancia  que les atribuía la RM.
Quizá la poca importancia que la RB da a los decanos pueda ser la causa de su posterior desaparición en la tradición benedictina.
La estructura de este capítulo es breve pero sustanciosa. Su construcción clara y armoniosa. No obstante presenta algunas anomalías.
 En primer lugar expone las cualidades que ha de reunir los decanos que se han de constituir si la comunidad fuese numerosa. (1-4) En la segunda parte indica las sanciones que deben aplicarse al decano que no se comprota como debiera, (5-7) El párrafo 4 tiene todas las apariencias de una añadidura posterior. Y sorprende que se trate en este capítulo las sanciones contra los decanos que no cumplan con sus deberes, cuando el código penal no empieza hasta el capítulo 23. lo que hace presumir que se trata de otra añadidura. Pero lo que más choca es la súbita y breve mención del prepósito en quien no pensaba ni remotamente S. Benito cuando redactó este capítulo.
En la redacción de este capítulo se combinan la corriente egipcia, trasmitida por Casiano y el Maestro con otras tradiciones. Sólo en los cenobios  de Egipto se dividían en grupos numéricamente iguales, bien sea en casas, como en el monacato pacomiano.
En las comunidades para las que legisla Basilio, Agustín y los Cuatro Padres, no consideran esta organización comunitaria. Por esta causa los decanos solo aparecen en occidente allí en aquellos lugares en los que tiene alguna fuerza la tradición egipcia. Casi seguro que en el mismo Benito, la influencia agustiniana  es la que le lleva a dejar un tanto en la sombra este sistema dejando imprecisos sus contornos.
 La fuente bíblica de inspiración es la división de mil, de cien y de diez que asistían a Moisés según narra el Éxodo, así como en los diáconos instituidos por los Apóstoles. Casiano cita el Éxodo a propósito de los jefes de decenas. Pero el Maestro los pone en paralelo con el presbiteriano eclesiástico aplicándoles como a este las palabras de Cristo: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha”.
La división de las comunidades numerosas en grupos,  goza hoy de cierto aprecio. Pero su razón de ser nada tiene que ver  con  las referencias bíblicas  ni con lo establecido por la tradición monástica egipcia y de sus áreas de influencia.
En las comunidades numerosas, actualmente existen quejas de la insuficiencia  de las relaciones humanas, permaneciendo algunos monjes bastante aislados en un conjunto demasiado grande y esto dificulta una cálida vida fraterna. Se busca en estos casos una estructura intermedia entre  el conjunto de la comunidad y sus miembros  en particular. La formación de grupos actualmente, quiere responder a esta necesidad.  Se busca que sirvan de marco para los intercambios fraternos. Se pretende que el sistema vertical de la obediencia  se complete  por medio de relaciones horizontales  de confianza y amistad.
Esto no tiene que ver nada con la decanía benedictina y no puede servir de modelo o referencia.
La RB es tan parca en los rasgos y misión de los decanos, que es preciso recurrir a otros textos  antiguos para hacernos una idea de su naturaleza y de su finalidad.
En la RM nos encontramos con la década gobernada por dos ancianos para  conseguir una continua vigilancia sobre los demás hermanos. El número de dos es para que  siempre esté a lo menos uno presente, o para cuando tuviera que dividirse el grupo en dos, no quedase sin anciano.
Estos prepósitos que están continuamente al lado de sus subordinados, reprimen toda trasgresión de la regla, en particular en lo que se refiere a la disciplina del silencio y de los modales. En la mesa, en el dormitorio, en el trabajo, en todas partes, recuerdan en todo momento las directrices del abad y velan por su observancia. También les corresponde interrogar a los hermanos sobre sus pensamientos, escuchar sus confesiones y dar a conocer al abad sus tentaciones para buscar remedio. También tiene bajo su cuidado el baúl con la ropa de repuesto para la decanía. De este modo son los guardianes de la desapropiación.
Sorprende al lector moderno el aplicar a adultos un sistema de vigilancia que hoy día ni siquiera se concibe para los niños. Por el contrario en la RB dentro de su poca precisión, se ve que el cometido de los decanos es más amplio, más pedagógico.
Un siglo antes del Maestro, Casiano da indicaciones parecidas. En los  cenobios de Egipto, el jefe de la decanía controla el  guardarropas y proporciona todos los hábitos de repuesto. En la mesa le corresponde reclamar lo que pudiera faltar. Pero en las Instituciones resalta sobre todo el papel espiritual del decano. La formación del monje parece ser obra  de su competencia. Por medio de órdenes penosas el anciano mortifica la voluntad del discípulo. En respuesta a la manifestación de sus pensamientos, le enseña el combate contra los vicios y le preserva de ilusiones falsas.
En cuanto  a Jerónimo, que es el primero que describe este sistema, muestra al decano haciendo la ronda por las celdas día y noche para reconfortar a los hermanos tentados y animar a los negligentes a la oración. La “decuria” se reúne a su alrededor, ya para la comida en silencio, o la conferencia que tiene lugar  por la  tarde. Jerónimo también señala que el decano es el encargado de recoger el trabajo de los monjes para entregárselo al ecónomo.
Aunque en las “casas” pacomianas sean grupos cuatro veces más grandes, encontramos en ellos los mismos rasgos. El jefe de la casa, asistido por un segundo, dirige el trabajo, vela por el buen  orden y por la desapropiación. Da dos catequesis por semana que se suman a las del padre del monasterio. En cada casa tiene lugar a la tarde una parte de la oración común. Y los hermanos ejercen los diversos oficios por casas y aseguran las semanas de servicio.
 Como vemos aparecen pequeñas diferencias entre estos cuatro testimonios anteriores a Benito sobre este tema, y al mismo tiempo una concordancia fundamental sobre la finalidad de los grupos en los que se divide la comunidad monástica, cualquiera que sea el nombre con que se les designe.
Como antes indicaba, todo esto es muy diferente de los grupos que actualmente se instituyen en los monasterios numerosos. En ninguno de estos testimonios del monacato prebenedictino, se pretende un intercambio fraterno, sino vigilancia y dirección. En lugar de un animador elegido por el grupo, el decano es un verdadero superior delegado por el abad. Lejos de interferir en la relación de obediencia que vincula a los monjes con el abad, el sistema de decanías constituye el primer eslabón de esta cadena. Este sistema no favorece la dimensión horizontal, sino a la estructura jerárquica.
Otra diferencia es que estas decanías no eran grupos de diálogo, sino de silencio. La tarea  principal de los prepósitos de la RM  es la de hacer respetar en todos sus puntos la disciplina del silencio.
La conferencia cotidiana mencionada por Jerónimo tiene un objeto preciso, de edificación, no dialogar sobre un tema cualquiera, sino animar a los miembros del grupo a las prácticas de la ascesis, en particular del silencio. Los grupos del monaquismo antiguo no pretendían atemperar la ley del silencio, ni tampoco la obediencia. Por el contrario tendían a hacer más efectivo el uno como la otra. En esos grupos se vivía bajo la dirección de un maestro para sostenerse en el esfuerzo de atención a Dios y de renuncia a sí. En los grupos actuales se pretende descubrirse mutuamente para mejor amarse y comprenderse.

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