338. – Creemos que Dios está presente en todas partes

publicado en: Capítulo XIX | 0

 Creemos que Dios está presente en todas partes y que los ojos del Señor están vigilando en todas partes a buenos y malos, pero, esto lo debemos creerlo principalmente, sin la menor vacilación cuando estamos en el oficio divino (19,1-2)
El cap. 19 de la RB enseña al monje la actitud interior con la que debe tomar parte en el Oficio, está lleno del recuerdo de Dios. La estructura de este capítulo es muy simple.
Empieza por un preámbulo en el que expresa la fe en la presencia omnímoda de Dios. Fe que debe ejercitase sobre todo durante la obra de Dios. Son los v 1 y 2 que hoy consideraremos.
Sigue una primera conclusión recordando lo que dice el salterio en tres pasajes, para ajustar la propia conducta a sus exhortación, v. 3-4 y termina con la conclusión final en dos tiempos: como debe comportarse en la presencia de Dios v. 6 y segundo pensar en lo que se está cantando al participar en la salmodia. v. 7.
La fe nos dice que Dios está en todas partes y que todo lo ve. Nosotros no sólo tenemos que creerlo, sino también pensarlo y vivirlo.
“Los hermanos fomentando continuamente el recuerdo de Dios prolongan el Opus Dei a lo largo del día. Vele pues el Abad para que cada uno disponga ampliamente de tiempo libre para dedicarse a la lectura y a la oración. Procurando todos que los alrededores del monasterio favorezca el silencio y la quietud.” Así nos hablan nuestras actuales constituciones respecto a la “Memoria Dei”.
S. Benito dice que debemos tenerla de un modo particular cuando asistimos al Oficio. Ya había puesto este mismo principio al comenzar la escala de la perfección. Este pensamiento de la presencia de Dios tiene que acompañarnos en todas partes. La presencia de Dios nos preserva de todo pecado, si consideramos su mirada fija en nosotros, penetrando hasta nuestros pensamientos y hasta lo profundo de nuestros sentimientos y deseos. En todo lugar los ojos del Señor nos miran, dice S. Benito. No son los ojos de un policía que nos persigue, sino de un padre amoroso que su amor es lo que le hace que su mirada esté siempre sobre sus hijos.
Sabiendo que somos mirados con amor, encontraremos el modo de siempre agradarle, y cómo practicar las virtudes.
Siendo el Oficio la gran ocupación del monje y fuente principal de su santificación, es por lo que debe estar atento a esta presencia de un modo particular durante su celebración.
Debemos comenzar nuestro Oficio con un acto de fe firme y sincera en la presencia de Dios. De este acto bien hecho y renovado de tiempo en tiempo dependerá nuestra atención en el oficio, y también las gracias que de ahí obtengamos.
Dijo Jesús, “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Para cantar las alabanzas a su nombre es para lo que nos hemos reunido en el coro. Allí está en medio de nosotros según su promesa Es su obra la que realizamos.
Cuando suplicamos que nuestra oración se eleve hasta el Cielo, estamos seguros que el corazón de Dios se inclina hacia nosotros, nos atrae hacia El y hace más y más intima nuestra unión con El.
La oración y en particular la de la Iglesia, derriba el muro que separa el cielo de la tierra. No formamos más que un coro con los ángeles. Si no gozamos como ellos de dulzuras y consolaciones por la presencia de Dios poseemos no obstante esa divina presencia.
El Señor está presente en nuestras Iglesias. Dios había prometido a Salomón habitar en su templo y tener sus ojos y sus oídos siempre atentos en aquella casa levantada en su honor.
Si los judíos estaban orgullosos de la presencia de Dios en su templo, cuanto más lo debemos estar nosotros, alegres por su divina presencia, ya que poseemos la presencia real de Jesús en la eucaristía. Tan realmente como estaba en Nazaret, Belén o el Calvario. Presente con su cuerpo y su sangre. Nos oye, nos ama, así pues tenemos la dicha de cantar en Oficio. ¿Cómo nos debemos penetrar del recuerdo de su presencia? El estar conscientes de esta presencia es motivo suficiente para animar nuestro canto, alimentar la atención de nuestro espíritu.
Puede ser también esto ocasión de reflexionar del respeto con que estamos en el templo.

Dejar una opinión