336.- Unidad de la oración cristiana. Cap. 19-20

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En estos capítulos ya no trata de organizar los diferentes Oficios, como los precedentes, sino de precisar las disposiciones interiores de los monjes que oran. Pese a su brevedad, la importancia de estos textos es de gran alcance, y su relación recíproca muy estrecha.
En efecto, el cap. 19, la actitud durante la salmodia, tiene como complemento natural el 20, la reverencia de la Oración.
De hecho todas las directrices sobre la oración comunitaria o personal, se encuentra prácticamente condensadas en estos dos breves tratados, que no conviene separar, sino unir y confrontar. Nos manifiestan lo esencial y el espíritu de la obra de Dios, que al fin y al cabo es la verdadera vida espiritual del monje.
Salmodia y oración silenciosa, no son más que dos aspectos de una misma realidad. Dos momentos de un mismo movimiento del alma hacia Dios. La distinción rigurosa entre oración comunitaria y oración privada, oración mental y vocal, es cosa relativamente moderna.
Las relaciones entre liturgia y contemplación, que han preocupado recientemente a algunos, ni siquiera pasó por la mente de los antiguos cristianos. Suponer esta distinción en la espiritualidad de aquellos siglos, no resultaría solo un  anacronismo, sino que nos privaría de comprender su doctrina y su práctica de la oración.
Para a los antiguos monjes, como para todos los cristianos de su época, había una sola oración. Se ore trabajando en los campos o en el monasterio, solo o en compañía de los hermanos, la oración era siempre un coloquio personal con el Señor. Un coloquio, hay que añadir seguidamente, fundado básicamente en la Escritura y a través de la Escritura. Dios habla al hombre con la palabra revelada, y el hombre contesta a la palabra de Dios sirviéndose de ella o inspirándose en ella. De aquí el aprecio que la Iglesia siempre ha tenido del Salterio, el gran libro de oración de la Biblia. Para hablar con Dios no tenemos más que leer, escuchar, rumiar, meditar, repetir a Dios lo que El nos dice. Repetirle las palabras que él nos sugiere. Verter nuestro pensamiento y deseo en las fórmulas que El nos muestra, hacer nuestras las verdades que El nos enseña.
Los monjes de la Edad Media heredaron su concepto de oración de la edad patrística. Y esta de la apostólica, y esta de la sinagoga. La RB no pudo adoptar otro concepto de oración que no fuese esta. Los mojes anteriores y los de su tiempo, había hecho de la Biblia la fuente casi única de su oración. De modo que todas las fórmulas que nos ha legado, están henchidas de savia bíblica. Repletas de frases, ideas y reminiscencias de la Escritura tan eminente que nos llenan de asombro.
La palabra de Dios, ámbito y objeto del diálogo del hombre con su creador, resonaba particularmente en el Oficio Divino y en la litúrgica eucarística dominical y festiva, y que era proclamada de un modo más solemne.
Los divinos Oficios están repletos de la palabra de Dios. Son una oración bíblica. La gran mayoría de sus textos proceden de la escritura. Los otros se inspiran en ella, como los himnos o la comentan, como las homilías, o tratados de los Padres de Iglesia.
Basta leer los cap. 8-18 de la RB para darse cuenta que los monjes que la observaban, no hacen otra cosa en el Oficio Divino que pronunciar, rezar y escuchar la Sagrada Escritura, y algunos textos incomparablemente menos números, que les están intrínsecamente vinculados.
Intentaremos profundizar más en estos capítulos para enriquecer con más luces nuestra oración comunitaria y particular.

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