326.-El Padrenuestro.

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Nunca se ha de terminar las celebraciones de laúdes y vísperas, sin que el Superior recite íntegramente  la oración que nos enseñó el Señor en voz alta, para que  todos puedan  oír, a causa de las espinas de las discordias que sueles surgir, a fin de que amonestados por el compromiso al que obliga esta oración cuando decimos “perdónanos como nosotros perdonamos, se purifiquen de este vicio (13,12-13)

En el párrafo 4 de cap. 12,  dice que se terminan  los Laúdes con la oración de los fieles. Pero en realidad  no es así  ya que al final del cap. sobre el oficio de Laúdes ferial hace hincapié  en un elemento primordial que aquí por descuido o como aseguran los especialistas este fragmento es posterior a la redacción de la Regla.
Esta prescripción de la RB recuerda una costumbre española atestiguada  por el Concilio de Gerona, en 517, en el canon 10. Por ello nos hace sospechar que se trata de una innovación, y por el  lugar que ocupa al final del capítulo y la extensión que se le da, tienen todas las apariencias de ser una redacción posterior al “cursus” benedictino. 
La razón que da S. Benito, refiriéndose precisamente a la recitación del Padrenuestro, tiene un tono de realismo desencantado:” a causa de las espinas de las discordias que suelen surgir”, y es que no se puede separar la oración de la vida real.
La expresión “suelen surgir”, no tiene nada de idealismo angélico, pero tampoco de desesperación. Sencillamente lo constata como un hecho de cada día, y propone un remedio coherente con su principio fundamental: que nuestra mente concuerde con nuestra voz. Y por eso añade “con el fin de que invitados por el compromiso de la misma oración en la que se dice perdónanos como nosotros perdonamos, se purifiquen de semejantes defectos.”
Estos nos lleva a pensar en la relación que hay entre oración y vida, ya que el hombre que procura orar  y vivir en profundidad encuentra la unidad interior para que su vida, ya de cara a Dios como de cara a los hombres  se convierte en una vivencia  de fe que da unidad a la existencia en todas las dimensiones, que son vividas como adhesión constante a Jesucristo, presente en la comunidad, presente en cada uno de sus miembros, presente en cada acontecimiento.
La gran aspiración del monje ha de ser llegar atener el corazón limpio y liberado, de modo que pueda llegar a captar esta presencia. Dios no le defraudará. Así el monje superará esa polilla de la vida comunitaria, las espinas de las desavenencias, que tanto preocupa a S. Benito. Y que debe también preocuparnos a nosotros hoy, ya que la comunidad  perfecta en la caridad es un término hacia el cual tendemos, pero que no se realizará plenamente hasta la vida eterna. Según S. Agustín los cristianos que no estaban dispuestos a perdonar las ofensas, omitían  la frase del Padrenuestro que se refería al perdón.

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