327.-El salmo 50.

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El domingo a laúdes  se dirá el salmo cincuenta con aleluya. (12,2)

En el oficio  tal como lo ordena la RB el salmo 50 se cantaba todos los días en el oficio de Laúdes. Actualmente alternamos los otros seis salmos penitenciales como inicio de este oficio. La finalidad es la misma: ayudar a crear en  nuestro interior sentimientos de penitencia, de dolor que conduzcan a la pureza de corazón.
Para que nuestra alabanza sea agradable a Dios ha de nacer de un corazón contrito y arrepentido. O sea que nuestra alabanza esté marcada por la humildad, que nos reconozcamos culpables, pecadores, indignos de alabarle.
La alabanza de un corazón orgulloso, pagado de sí mismo, no puede agradarle. Le glorificamos humillándonos ante él recociendo que él es la santidad, mientras nosotros  estamos manchados por egoísmos,  infidelidades, maldad.
Estos sentimientos  los encontramos en los salmos penitenciales: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa misericordia. Lava mi delito, limpia mi pecado. (50)  Vuélvete Señor, liberta mi alma, sálvame por tu misericordia (6)  Yo confieso mi culpa, me aflige mi pecado (37) Pero de ti procede el perdón…Mi alma espera en el Señor. (129) Ningún hombre vivo es inocente junto a ti. (142)
Se, Señor, que  amáis la verdad, me habéis hecho conocer los secretos  de vuestra sabiduría, y debo celebrar vuestra maravillas, pero soy absolutamente indigno. Ten piedad de mi Señor.
Para alabar a Dios dignamente es necesaria la pureza de corazón. Reconocerse  pecador es la primera preparación para la divina alabanza, pero no basta. Así como antes de acercarnos al altar hacemos el acto penitencial,  con el fin de alcanzar la pureza de corazón que  exige el altar, así mismo antes de ofrecer a Dios  el sacrificio de alabanza, sentimos la necesidad  de purificar  nuestro corazón y nuestros labios. Y no pudiendo hacerlo por nosotros mismos, se lo suplicamos al Señor. “Terminar vuestra obra, creando en mi un corazón puro, un espíritu recto”.  Así mi lengua podrá cantar con júbilo vuestra alabanza.
Con estos u otros sentimientos de los salmos penitenciales, el monje procura  purificarse más y más de sus manchas y clama con insistencia para obtener el verdadero amor. Por eso estos salmos penitenciales son una excelente preparación para la alabanza de Dios en el día que comienza.
Para conseguir esta purificación solo podemos apoyarnos en su gracia. Alabar a Dios dignamente es cantar su misericordia, es reconocer que se lo debemos todo en  el pasado, sin El nada podemos en el presente y que su gracia es nuestra única esperanza para el porvenir. Nuestra alabanza debe publicar que todo se lo debemos a Dios.

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