222.-Confianza

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No desesperar nunca de la misericordia del Señor. (4,72)
Visto el conjunto de los instrumentos, puede sentirse el monje un tanto abatido ante tan gran número de instrumentos que hay que manejar para poder dominar a la naturaleza caída que se opone a la realización del gran mandamiento del amor.
S. Benito pone este instrumento en su lista para cerrar todo camino al desánimo. La tentación de la desconfianza es más fácil que le asalte al monje ferviente que al pecador endurecido. El monje ha meditado largamente en las grandes  muestras de amor que el Señor ha dado y contemplando a la vez su pobre respuesta por su parte, puede ser tentado por la desconfianza.
La puerta del retorno a Dios no está cerrada para nadie. Mientras estamos en este mundo, la gracia nos llama a la conversión.
Todo el que quiera volver a Dios, puede estar seguro de recibir la gracia de la verdadera penitencia, ya que ese querer es una gracia también. El Señor llama a todos a la penitencia, por tanto no negará esta gracia. “No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”. Y el “convertíos de todo corazón”, no es una mera invitación sino una orden formal.
No querer convertirse es permanecer opuestos a la voluntad divina, ya que si nos invita a la penitencia y nos ordena volver a él, es que quiere conceder la gracia del arrepentimiento. Al hombre le corresponde pedir esa gracia y cooperar o corresponder a ella.
¿Qué se necesita  para corresponder a la gracia? Por la voluntad  se ha separado de Dios, y  por la voluntad se ha de volver a él. Hay que rechazar toda tentación de imposibilidad de un retorno, por muchas que puedan ser las infidelidades.
Puede suceder que en ocasiones no se tengan  sentimientos de dolor y arrepentimiento, pero el sentimiento no es necesario. Basta reprobar  sinceramente por un acto de la voluntad, todo lo que esté en desacuerdo con la voluntad de Dios, con  la firme determinación de reparar el mal en cuanto sea posible.
Las infidelidades, pecados y faltas, por muchas que sean, siempre serán finitas, y la misericordia de Dios es infinita, e igualmente son infinitos los méritos de nuestro Señor.
No esperar en la bondad de Dios, es la peor injuria que se la puede hacer. Es como dudar de su misericordia. Y por el contrario el mejor homenaje el más bello homenaje a su amor, fidelidad, promesas, es poderle decir: Dios  mío, yo no merezco tu perdón, pero a pesar de todo, espero en tus promesas  y en tu bondad.
¿Quien puede dudar del perdón mirando a la cruz y oyendo a Jesús exclamar “perdónales porque no saben lo que hacen? La confianza en su bondad es la que lleva a decir como el hijo pródigo:”Me levantaré e iré a mi Padre”

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